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XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

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Lecturas

El Reino que no vemos

Romanos 8, 35.37-39 · Mateo 14, 13-21 · Tomás 113

Lectura de la Carta de San Pablo a los Romanos (Romanos 8, 35.37-39)

Hermanos: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Lectura del Evangelio según San Mateo (Mateo 14, 13-21)

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Les dijo: «Traédmelos». Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Lectura del Evangelio según San Tomás · Logión 113

Dijeron sus discípulos: «¿Cuándo vendrá el Reino?». Jesús dijo: «No vendrá por expectación. No dirán: “¡Mirad, aquí!” o “¡Mirad, allí!”. Sino que el Reino del Padre está extendido sobre la tierra y los hombres no lo ven».

Panes y peces luminosos ante una comunidad reunida

Comentario

XVIII Domingo del Tiempo Ordinario

🌾 El Reino que no vemos

Las lecturas de hoy nos sitúan ante una pregunta que puede parecer muy sencilla, pero que acompaña al ser humano desde el principio: ¿dónde está el Reino? ¿Cuándo llegará esa Vida prometida que parece tan ausente cuando miramos el hambre, la angustia, la enfermedad o la soledad que atraviesan el mundo?

Los discípulos de Tomás formulan la pregunta de una manera directa: «¿Cuándo vendrá el Reino?». Esperan quizá una señal evidente, un acontecimiento que pueda ser reconocido sin duda, algo que permita decir: ahora ha llegado, ahora todo es distinto. Pero la respuesta de Jesús no se dirige hacia un tiempo futuro ni hacia un lugar separado del mundo. El Reino del Padre está extendido sobre la tierra, nos dice, y los hombres no lo ven.

No significa que el mundo, tal como lo conocemos, haya alcanzado ya su plenitud, ni que el dolor y la injusticia deban ser considerados ilusiones sin importancia. Sería una lectura demasiado fácil y, sobre todo, ajena al Evangelio que acabamos de escuchar. La multitud tiene hambre de verdad; los enfermos necesitan ser curados; la tarde cae sobre un lugar desierto y los discípulos saben que no tienen alimento suficiente. El Reino no consiste en negar esta realidad, sino en descubrir que, incluso en medio de ella, hay una presencia que no ha abandonado al hombre y una Vida que espera poder manifestarse.

Tal vez el problema no sea que el Reino esté lejos, sino que nuestra mirada se ha acostumbrado a buscarlo donde no puede ser encontrado. Esperamos algo extraordinario que venga a imponerse desde fuera, mientras la presencia de Dios se ofrece silenciosamente en los lugares donde menos pensamos buscarla: en el desierto, en la necesidad reconocida, en el pan humilde que se parte y en una comunidad que deja de dispersarse.

🍞 «Dadles vosotros de comer»

El relato de Mateo comienza, además, en un momento de dolor. Jesús acaba de enterarse de la muerte de Juan Bautista y se retira en barca, a solas, a un lugar desierto. No busca la multitud ni provoca el encuentro. Sin embargo, la gente le sigue desde los poblados y, cuando desembarca, Jesús no la recibe como una molestia. La ve, se compadece de ella y cura a sus enfermos.

Éste es ya un primer signo del Reino. Antes de que haya pan, antes de que la multitud sea alimentada, hay una mirada que ve de verdad. Los discípulos también ven a la gente, pero la contemplan desde la dificultad que representa: es tarde, están lejos de los pueblos, no hay medios suficientes. Su propuesta parece razonable: que cada uno vuelva a su lugar y busque cómo resolver su necesidad. No es necesariamente una respuesta cruel; es la respuesta de quien se encuentra ante algo que le supera y no sabe qué hacer.

¿No nos ocurre también a nosotros? Cuando el dolor de los demás se hace demasiado cercano, cuando alguien llega hasta nuestro propio desierto con una necesidad que no sabemos atender, la primera tentación consiste en pensar que aquello no nos corresponde, que cada uno debe volver a su casa, a sus recursos, a su problema. La distancia nos parece prudente porque nos evita afrontar la pobreza de lo que tenemos.

Pero Jesús responde: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». No les pide que aparenten una riqueza que no poseen ni que se crean capaces de resolver por sí mismos toda necesidad humana. Ellos sólo tienen cinco panes y dos peces, y el Evangelio no oculta esa escasez. Lo decisivo es que Jesús no les permite convertir la falta en una razón para despedir a la multitud. Les dice: «Traédmelos». Traed lo poco que hay, traed aquello que os parece insuficiente, traed vuestra pobreza real para que pueda ser ofrecida a la Fuente.

🕯️ La presencia que no abandona

San Pablo formula hoy una pregunta que ilumina profundamente esta escena: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?». Y el Apóstol no responde desde una serenidad abstracta, sino nombrando precisamente aquello que la multitud conoce: tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro y espada.

Sería un error escuchar estas palabras como una promesa de inmunidad. Pablo no dice que quienes siguen el camino de la Luz no conocerán nunca el hambre, la pérdida o el miedo. Los nombra porque los conoce y porque sabe que pueden estremecer el alma. Pero afirma que ninguna de estas realidades posee el poder último de arrancarnos de la Vida que procede del Padre. Ninguna criatura puede romper definitivamente ese vínculo, porque el amor manifestado en Cristo no depende de la prosperidad, de la salud ni de la seguridad que consigamos conservar.

El logion de Tomás y la carta a los Romanos se iluminan mutuamente. El Reino está extendido sobre la tierra, aunque los hombres no lo vean; y nada puede separarnos del amor de Dios, aunque tantas cosas parezcan hablarnos de abandono. Ambas palabras no nos invitan a cerrar los ojos ante el sufrimiento, sino a mirarlo sin concederle la última palabra.

La multitud reunida en el desierto sigue teniendo hambre. Los discípulos siguen teniendo sólo cinco panes y dos peces. Sin embargo, el Cristo está allí. Y su presencia no es una idea que consuele desde lejos: se hace visible en la compasión, en la curación, en la bendición y en el pan que pasa de unas manos a otras hasta que todos quedan saciados.

🌿 El pan de la mesa del Reino

Jesús toma los panes y los peces, alza la mirada al cielo, pronuncia la bendición, los parte y los entrega a los discípulos; los discípulos los dan a la multitud. Hay algo muy importante en esta sucesión. El alimento no queda reservado en las manos de Jesús como un signo de poder exterior, ni la comunidad queda reducida a ser espectadora de un prodigio. Lo que procede de la Fuente pasa por las manos de quienes están alrededor y llega hasta aquellos que tienen hambre.

Por eso esta escena no puede reducirse a una lección superficial sobre compartir, aunque ciertamente nos obliga a preguntarnos qué hacemos con los bienes que recibimos. Tampoco puede entenderse únicamente como un milagro exterior, admirable pero distante, que no tenga nada que decir a nuestro proceso espiritual. El pan verdadero alimenta el cuerpo y, al mismo tiempo, manifiesta una ley más profunda del Reino: aquello que se guarda para asegurarse termina por encerrarnos; aquello que se ofrece a la Fuente puede convertirse en alimento para muchos.

La Eucaristía nos sitúa una y otra vez ante esta misma mesa. No acudimos para buscar una protección exterior contra todas las pruebas de la vida, ni para consumir un alimento religioso que pueda guardarse como una posesión más. Venimos con nuestros cinco panes y dos peces, con todo aquello que somos, con nuestra necesidad y nuestra pobreza, para que sea recibido, bendecido y devuelto como alimento.

En el Pan de Vida no buscamos un Cristo ajeno, como si viniera desde fuera a visitarnos durante un instante. Reconocemos a Emmanuel, la presencia que espera nacer, crecer y hacerse consciente en lo más profundo del Hombre. Por eso la comunión no concluye cuando termina el rito; continúa allí donde permitimos que esa Vida transforme la manera en que miramos, recibimos y entregamos lo que tenemos.

✨ Reconocer lo que ya está presente

Los doce cestos que permanecen después de que todos han comido nos muestran que la plenitud de Dios no queda agotada cuando se ofrece. La Luz no disminuye cuando ilumina, ni la Verdad se hace más pobre cuando es compartida. Éste es el misterio que los discípulos de Tomás todavía no alcanzaban a ver cuando preguntaban cuándo vendría el Reino: el Reino no aparece como una realidad que deba ser aguardada desde lejos, sino como una presencia que se deja reconocer cuando el alma deja de vivir únicamente desde el temor de no tener bastante.

Tal vez ésta sea la verdadera interpelación de hoy. ¿En qué lugares seguimos esperando una señal espectacular, mientras el Reino se extiende silenciosamente ante nuestros ojos? ¿Qué hambre del mundo hemos aprendido a contemplar desde lejos para no sentirnos responsables? ¿Qué cinco panes y dos peces seguimos considerando demasiado poca cosa como para ponerlos ante la Fuente?

El Reino no está ausente porque el desierto exista. Se hace visible precisamente cuando, en medio del desierto, dejamos de despedir a la multitud y aprendemos a reconocer que el amor del Cristo no nos ha abandonado.

Plegarias

Oraciones de la celebración

🕯️ Oración Colecta

Dios y Padre nuestro, que haces presente tu Reino en medio del mundo, concédenos una mirada atenta para reconocer tu acción y permanecer fieles a la Verdad que procede de Ti.

Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

🌿 Oración sobre las Ofrendas

Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos y haz que este santo memorial abra nuestros ojos para reconocer tu Reino allí donde nuestra mirada sólo ve desierto.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

✨ Oración después de la Comunión

Te damos gracias, Señor, por el don recibido, y te pedimos que nada nos separe del amor del Cristo y que tu presencia sostenga nuestro camino.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

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