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Ciclo A · Tiempo ordinario

XVII Domingo del Tiempo Ordinario

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Lecturas

El tesoro escondido

Romanos 8, 28-30 · Mateo 13, 44-52 · Tomás 76

Lectura de la Carta de San Pablo a los Romanos (Romanos 8, 28-30)

Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los que él ha llamado conforme a su designio. A los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; a los que justificó, también los glorificó.

Lectura del Evangelio según San Mateo (Mateo 13, 44-52)

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en busca de perlas finas que, al encontrar una perla de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

El Reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

¿Habéis entendido todo esto? Ellos le responden: «Sí». Él les dijo: «Pues bien, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos se parece a un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Lectura del Evangelio según San Tomás · Logión 76

Dijo Jesús: «El Reino del Padre se parece a un comerciante que tenía mercancías y encontró una perla. Aquel comerciante era prudente. Vendió las mercancías y compró para sí la perla. También vosotros buscad el tesoro que no perece, que permanece, allí donde no llega la polilla para devorar ni el gusano para destruir».

Figura contempla una perla luminosa junto a un tesoro encontrado

Comentario

XVII Domingo del Tiempo Ordinario

Las tres parábolas del Evangelio de hoy parecen muy sencillas: un tesoro escondido, una perla de gran valor y una red llena de peces. Sin embargo, Jesús no nos habla sólo de objetos valiosos ni de una elección económica especialmente inteligente. Nos habla de un descubrimiento que altera por completo el sentido de la vida, porque quien ha encontrado aquello que verdaderamente buscaba ya no puede seguir valorando las cosas de la misma manera.

En las dos primeras parábolas hay un detalle decisivo: tanto el hombre que encuentra el tesoro en un campo como el comerciante que descubre la perla venden todo cuanto tienen, pero lo hacen llenos de alegría. No se trata de una pérdida impuesta, ni de una renuncia amarga, ni de despreciar por principio los bienes de este mundo. Es que, cuando aparece ante ellos algo cuyo valor supera todo lo que poseían, aquello que antes parecía imprescindible deja de ocupar el centro. La alegría no procede de haberse quedado sin nada, sino de haber reconocido lo esencial.

🌾 El campo y el tesoro escondido

El domingo pasado, al contemplar la parábola del trigo y la cizaña, reconocíamos que el campo no podía reducirse a un lugar exterior. El campo es también el hombre mismo, el lugar donde crecen juntas la buena semilla y aquello que la oscurece, donde la mirada se precipita a juzgar y donde la Espíritu trabaja silenciosamente para que cada cosa manifieste su fruto. Conviene conservar este matiz, porque hoy Jesús vuelve a hablarnos de un campo; pero ahora nos dice que en ese mismo campo hay un tesoro escondido.

Jesús compara el Reino con un tesoro escondido en el campo. El tesoro no ha sido fabricado por quien lo encuentra; estaba ya allí, oculto bajo la superficie, esperando el momento en que una mirada pudiera reconocerlo. También la perla no adquiere su valor porque el comerciante la compre; su valor existe antes de que él la descubra, aunque hasta entonces haya pasado inadvertida entre tantas otras mercancías.

Estas imágenes nos permiten contemplar el Reino no como una realidad situada lejos de nosotros, reservada para un futuro incierto o para quienes alcancen una perfección extraordinaria, sino como una presencia escondida que necesita ser reconocida. La vida ordinaria está llena de campos que atravesamos sin imaginar lo que guardan. Nos ocupamos de lo urgente, de lo útil y de lo visible, y tal vez por eso nos cuesta detenernos ante aquello que no se impone ni reclama atención, pero que posee un valor capaz de transformar todo lo demás.

La Santa Gnosis no consiste en añadir a nuestra vida una enseñanza más, como quien acumula conocimientos o incorpora una nueva práctica. Consiste en descubrir aquello que, estando oculto, da sentido a cuanto somos. El tesoro del Reino no es una posesión exterior que podamos guardar para nosotros mismos. Es la Luz que nos permite comprender de dónde venimos, qué buscamos y hacia qué plenitud se orienta nuestra existencia.

📖 La perla y la imagen del Hijo

San Pablo expresa este misterio con palabras que a veces resultan difíciles: dice que Dios conoció de antemano a quienes llamó y los destinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. Leídas superficialmente, estas palabras podrían parecer una doctrina de privilegio o de destino fijado de antemano. Pero la intención del Apóstol es otra. No nos presenta a un Dios que elige caprichosamente a unos y abandona a otros, sino a un Padre que conoce la vocación profunda de sus hijos y los llama a manifestar la imagen que les ha sido dada en el Cristo.

Este es el tesoro escondido que debemos aprender a buscar: no una recompensa que se nos entrega desde fuera, sino la posibilidad de que la imagen del Hijo se haga cada vez más visible en nosotros. El camino de la Gnosis es precisamente este reconocimiento. No nos inventamos una identidad espiritual ni nos elevamos por encima de nuestra condición humana; volvemos a la verdad de aquello que el Padre ha querido desde el principio, para que el Cristo, Emmanuel, llegue a crecer en el Hombre y la filiación deje de ser una palabra exterior para convertirse en vida consciente.

El comerciante de Tomás sabe reconocer la perla porque ha buscado. No se deja distraer por la abundancia de sus mercancías ni por la cantidad de objetos que puede intercambiar. Cuando encuentra lo que no perece, comprende que ninguna acumulación puede compararse con ello. De la misma manera, el alma que ha comenzado a entrever la realidad del Reino ya no puede conformarse con aquello que sólo llena el tiempo sin alimentar la vida.

🌿 Venderlo todo

La expresión de Jesús, «vende todo lo que tiene», puede asustarnos si la entendemos de una manera literal y aislada. Pero el Evangelio no está glorificando la indigencia ni proponiendo una destrucción de la vida concreta. Habla de una transformación del orden interior. Venderlo todo significa dejar de dar a lo pasajero el lugar que corresponde a lo eterno; dejar de medir la vida por aquello que poseemos, controlamos o acumulamos, para que pueda aparecer la libertad de quien ya no necesita defenderse continuamente mediante sus seguridades.

Cada uno conoce cuáles son sus mercancías: las certezas con las que se protege, las imágenes que desea conservar, los miedos que le hacen vivir en previsión constante, los reconocimientos que busca para sentirse existente. Nada de esto tiene por qué ser malo en sí mismo; el problema aparece cuando se convierte en aquello que nos impide descubrir la perla. El Reino no nos pide despreciar la realidad, sino liberarnos de la confusión que nos hace tomar por definitivo lo que sólo era un medio.

🔥 La red y el discernimiento

La tercera parábola introduce una imagen más severa. La red recoge toda clase de peces y, al final, se separan los buenos de los que no sirven. También aquí conviene recordar que Jesús atribuye esta tarea a los ángeles. No es una invitación a que nosotros clasifiquemos a las personas ni a que ocupemos anticipadamente el lugar de quienes separan. La red de la vida recoge lo mezclado y el discernimiento definitivo pertenece a una Luz que ve sin engañarse.

Pero esta imagen sí nos invita a una revisión verdadera. No para juzgar a los otros, sino para preguntarnos qué alimentamos en nuestro interior y qué frutos van madurando en nosotros. La perla no se reconoce por la apariencia exterior de una joya, sino por su valor propio; del mismo modo, las decisiones del alma se revelan con el tiempo por el fruto que producen. Allí donde crecen la humildad, la paz, la verdad y el deseo de retorno al Origen, el Reino está abriendo camino. Allí donde se multiplican la posesión, la dureza, el engaño o la división, conviene detenerse y dejar que la Espíritu ilumine aquello que todavía no vemos.

🕯️ Lo nuevo y lo antiguo

El Evangelio termina con una palabra dirigida a quienes se hacen discípulos del Reino: son semejantes a un padre de familia que saca de su tesoro lo nuevo y lo antiguo. No se nos pide abandonar la memoria de lo recibido, sino comprenderla desde una profundidad nueva. El antiguo tesoro de las Escrituras, de los símbolos y de las tradiciones no queda destruido; se vuelve transparente cuando se reconoce el Reino que anunciaba.

Así también nuestra propia historia puede ser recogida de otra manera. Lo antiguo no tiene por qué ser una carga que nos encierre en lo que fuimos, y lo nuevo no tiene por qué convertirse en la ansiedad de inventarnos de nuevo a cada instante. Cuando el tesoro del Reino comienza a ser reconocido, la vida entera se ordena desde un centro más profundo. Entonces se comprende la promesa de San Pablo: todo puede cooperar al bien de quienes aman a Dios, no porque todo lo que nos sucede sea bueno, sino porque el Amor del Padre puede atravesar incluso lo que parecía disperso y conducirlo hacia la manifestación de su imagen.

La perla que no perece no se compra con una renuncia exterior ni se conquista acumulando méritos. Se reconoce cuando el alma deja de confundir el valor de las cosas con el miedo a perderlas. Y, una vez reconocida, comienza a orientar silenciosamente todo lo demás, hasta que aquello que parecía escondido se vuelve la verdad más viva de nuestra propia existencia.

Plegarias

Oraciones de la celebración

🕯️ Oración Colecta

Dios y Padre nuestro, que llamas a quienes te aman a reproducir en sí mismos la imagen de tu Hijo, concédenos reconocer el tesoro de tu Reino y preferirlo a todo lo que perece.

Por Él, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

🌿 Oración sobre las Ofrendas

Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos y haz que este santo memorial nos libere de cuanto oscurece la mirada, para que podamos buscar con sinceridad los bienes que no perecen.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

✨ Oración después de la Comunión

Te damos gracias, Señor, por el don recibido, y te pedimos que el conocimiento vivo de tu Reino sea en nosotros la perla que orienta nuestro camino hacia Ti.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

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