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XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

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Lecturas

Las nupcias del Hijo: la llamada a la unión

Isaías 25, 6-10a · Mateo 22, 1-14 · Tomás 64

Lectura del libro de Isaías · 25, 6-10a

Versión: Lecturas dominicales · Catedral de Mallorca

Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados.

Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones.

Aniquilará la muerte para siempre.

Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo –lo ha dicho el Señor–.

Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor».

Lectura del Evangelio según san Mateo · 22, 1-14

Versión: Lecturas dominicales · Catedral de Mallorca

En aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:

«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:

“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.

Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego dijo a sus criados:

“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.

Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:

“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.

El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:

“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.

Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

Lectura del Evangelio según santo Tomás · Logión 64

Fuente: Todos los evangelios canónicos y apócrifos · EDAF, 2009

Jesús dijo: «Un hombre tenía huéspedes. Cuando hubo preparado la cena, envió a su siervo para invitar a los huéspedes. Fue al primero y le dijo: “Mi señor te invita”. Él dijo: “Tengo algunos pagos con comerciantes, que vienen a verme esta tarde. Iré a darles instrucciones. Excuso (mi presencia en) la cena”.

»Fue a otro y le dijo: “Mi señor te invita”. Él le dijo: “He adquirido una casa y me reclaman durante un día. No tendré tiempo”.

»Vino a otro y le dijo: “Mi señor te invita”. Él le dijo: “Mi amigo va a casarse y yo soy el que preparará el banquete. No podré, excuso (mi presencia en) la cena”.

»Fue a otro y le dijo: “Mi señor te invita”. Él le dijo: “He comprado una villa, y me voy a recibir las rentas. No podré, me excuso”.

»El siervo vino y dijo a su señor: “Los que invitaste a la cena se han excusado”.

»El señor dijo a su siervo: “Sal a los caminos, a los que encuentres tráelos para que cenen”.

»Los compradores y los negociantes no entrarán en los lugares de mi Padre».

Una mesa de banquete preparada ante una puerta luminosa, con un vestido claro sobre un asiento

Comentario

✨ XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

📜 La Palabra ante sus custodios

Jesús continúa hablando a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Sus palabras prolongan la confrontación en la que les ha preguntado por su respuesta a Juan y les ha mostrado, mediante la parábola de la viña, el peligro de apropiarse de aquello que habían recibido para custodiar.

Ahora les habla de las nupcias del hijo de un rey.

Es importante escuchar esta parábola desde ese lugar. Ante Jesús están quienes conocen las Escrituras, conservan las tradiciones y tienen la responsabilidad de orientar al pueblo hacia Dios. A ellos se les ha confiado una enseñanza que anuncia la salvación, y precisamente a ellos les pregunta por su disposición a reconocerla cuando se hace presente.

La responsabilidad recibida necesita permanecer abierta a la llamada de Dios. Quienes enseñan siguen necesitando escuchar; quienes custodian la promesa siguen necesitando reconocer su cumplimiento.

Ante ellos está el Cristo. La Palabra se vuelve presencia viva y alcanza el lugar desde el que comprenden, enseñan y ejercen su autoridad. Acogerlo exige permitir que Dios esclarezca también aquello que consideran establecido.

Desde aquí hemos de escuchar el Evangelio. Su advertencia alcanza primero a quienes tienen una responsabilidad espiritual y, desde ellos, se abre a toda la comunidad. También nosotros podemos conservar palabras verdaderas mientras nos resistimos a la Vida que esas palabras anuncian.

La Palabra sigue llamando a quienes tienen la misión de transmitirla.

🍇 Una mesa preparada para todos los pueblos

Isaías anuncia un banquete que Dios prepara para todos los pueblos. La promesa tiene una amplitud que desborda nuestras fronteras y nuestras maneras de distribuir la pertenencia.

La mesa está preparada por Dios. El alimento procede de su generosidad y expresa una Vida que se ofrece para sostener, reunir y vivificar. Los convidados reciben algo que los precede, una plenitud que ellos mismos no han producido.

Esta imagen nos ayuda a reconocer nuestra condición espiritual. Nuestra vida tiene su raíz en una Fuente que nos sostiene antes de que podamos conocerla. Incluso nuestra capacidad de escuchar y responder nace dentro de esa relación.

El alma puede olvidar su Origen y vivir como si tuviera que fundarse a sí misma. Entonces comienza a buscar seguridad en lo que posee, en lo que domina o en el lugar que ocupa ante los demás. Lo recibido se convierte en propiedad y la existencia se organiza alrededor del temor a perderlo.

La invitación al banquete despierta otra memoria: somos llamados a vivir de una plenitud cuyo origen está en Dios.

Isaías une esa promesa a la desaparición del velo que cubre a los pueblos y a la victoria sobre la muerte. Alimentar, revelar y vivificar pertenecen a un mismo movimiento de salvación. Dios se hace reconocible y el ser humano descubre una Vida más profunda que la condición en la que se encontraba encerrado.

El banquete nos dispone así para escuchar las nupcias del Hijo. La mesa reúne a quienes son llamados a participar de un misterio de comunión.

🕊️ Las nupcias del Hijo y el sacramento del Tálamo

El rey celebra las nupcias de su hijo. Desde nuestra tradición gnóstica, esta imagen nos permite contemplar el sacramento del Tálamo: el misterio de la cámara nupcial y la reintegración de lo separado.

El centro de la celebración es la unión. La alegría del banquete procede de ese misterio y convoca a los invitados a participar de él.

La separación alcanza una profundidad que todos experimentamos. Vivimos divididos entre lo que reconocemos y lo que hacemos, entre nuestra pertenencia a la Luz y las disposiciones mediante las que seguimos encerrándonos en nosotros mismos. Buscamos la plenitud mientras nos aferramos a aquello que mantiene nuestra dispersión.

El Cristo viene a reunir. Revela nuestro Origen y abre el camino de retorno hacia la Vida de la que procedemos.

El Evangelio de Felipe contempla su obra desde esa restauración: la separación introduce la muerte y el Cristo viene a unir y vivificar. La cámara nupcial expresa la consumación de una comunión que alcanza la raíz misma del ser.

El sacramento del Tálamo nos sitúa ante esta profundidad. El alma es llamada a participar de la unidad, a recibir una Vida que transforma su condición y la orienta hacia la plenitud. El conocimiento espiritual encuentra aquí su hondura sacramental: lo conocido se vuelve participación y la participación transforma al que recibe.

La imagen nupcial contiene entrega, reconocimiento y unión. El alma deja de sostenerse como si pudiera bastarse a sí misma. Acoge una presencia que la conoce en su profundidad y la llama a entrar en comunión.

Por eso es tan decisivo recordar a quiénes habla Jesús. Los sumos sacerdotes y los ancianos custodian la enseñanza de la promesa. Ahora son llamados a reconocer al Hijo y a acudir a sus nupcias. Lo que han recibido para transmitir debe conducirlos también a ellos hasta el misterio que anuncia.

Podemos conocer las palabras sobre la unión y permanecer ante su umbral. Podemos enseñar acerca de la Luz mientras seguimos viviendo desde una conciencia que se considera separada de su Fuente.

La llamada al banquete nos convoca a participar del misterio nupcial, a recibir en el Cristo la Vida que reúne lo separado.

🌄 El velo y la resistencia a reconocer

Isaías anuncia que Dios retirará el velo que cubre a los pueblos. Esta imagen nos conduce hasta el lugar desde el que percibimos nuestra existencia.

Un velo permite que algo esté cerca y permanezca oculto. Podemos encontrarnos ante la presencia del Cristo y seguir midiendo cuanto vemos desde nuestros temores, nuestras expectativas o la necesidad de conservar nuestro lugar.

La conciencia encerrada en sí misma convierte su propia medida en medida de todo. Reconoce fácilmente aquello que confirma sus ideas y se resiste a lo que exige una apertura más profunda.

También el conocimiento religioso puede quedar bajo ese velo. La familiaridad con las Escrituras puede hacernos creer que ya sabemos cómo ha de presentarse Dios y qué formas debe adoptar su llamada. Entonces, cuando la Palabra nos alcanza de una manera que desborda nuestras previsiones, la recibimos como una amenaza.

Este es uno de los peligros que el Evangelio coloca ante sus custodios. Su responsabilidad exige discernimiento, pero ese discernimiento necesita permanecer abierto a Dios. La enseñanza que han recibido debe ayudarles a reconocer al Hijo.

La Gnosis esclarece nuestra mirada al revelar una pertenencia que precede a nuestras construcciones. Descubrimos que la Vida procede del Padre y que su plenitud no puede quedar contenida dentro de nuestros conceptos.

Desde esa apertura podemos seguir aprendiendo. Podemos recibir una palabra que nos corrija sin sentir que toda nuestra existencia se derrumba. Podemos reconocer al Cristo allí donde todavía no habíamos aprendido a verlo.

El velo comienza a levantarse cuando permitimos que la Luz alcance el lugar desde el que miramos.

🛤️ Las ocupaciones que aplazan la respuesta

El logión 64 de Tomás nos muestra a unos invitados que encuentran motivos para ausentarse de una cena. Los pagos, las propiedades, las rentas y otros compromisos ocupan su atención.

La invitación llega, pero encuentra una vida ya colmada de asuntos que parecen reclamar prioridad.

Conocemos esa experiencia. Nuestra existencia requiere trabajo, cuidado y responsabilidad. La pregunta espiritual aparece cuando todo ello llena por completo nuestro horizonte y la llamada del Padre queda siempre para después.

Ese después puede prolongarse durante toda una vida.

Esperamos a que disminuyan las preocupaciones, a disponer de más tiempo o a sentirnos preparados. Mientras tanto, nos acostumbramos a vivir desde la urgencia de lo inmediato. La llamada sigue siendo reconocida como importante, pero apenas encuentra un lugar desde el que transformar nuestra existencia.

También las tareas religiosas pueden convertirse en ese aplazamiento. Preparar, organizar, enseñar y sostener una comunidad puede ocuparnos hasta hacernos olvidar la escucha del Cristo a quien servimos.

En Tomás, uno de los invitados está ocupado preparando el banquete de una boda. Esa cercanía resulta especialmente significativa para nuestra meditación: es posible trabajar alrededor de una celebración y faltar a la cena a la que hemos sido llamados.

La conclusión del logión sobre compradores y negociantes nos obliga a examinar también nuestra relación con lo recibido. Una conciencia habituada al intercambio calcula lo que adquiere, lo que conserva y lo que obtiene a cambio. Esa disposición puede penetrar en nuestra vida espiritual y llevarnos a buscar conocimiento, reconocimiento o seguridad sin entregar aquello que mantiene nuestra separación.

El misterio del Tálamo reclama una apertura más profunda. La unión alcanza el lugar desde el que pretendemos administrarlo todo. Para acudir, necesitamos consentir que la llamada atraviese nuestras seguridades y reorganice nuestra vida desde su centro.

🚪 La invitación alcanza los caminos

La negativa de los primeros convidados no detiene la celebración. En Mateo, la invitación se extiende a los caminos y la sala se llena de personas de distinta condición.

Ante los sumos sacerdotes y los ancianos, esta apertura tiene un peso particular. Quienes ejercen una responsabilidad religiosa necesitan reconocer que la llamada de Dios alcanza también a aquellos cuya vida queda fuera de sus previsiones.

La parábola impide convertir el lugar recibido en garantía de pertenencia. Y esa advertencia permanece viva para toda comunidad espiritual.

Podemos haber recibido una enseñanza profunda y comenzar a considerar que su posesión nos asegura la entrada. Podemos creer que nuestro nombre, nuestra historia o nuestras formas de celebración bastan para situarnos dentro del misterio.

También nosotros seguimos siendo invitados. La tradición nos ofrece medios para escuchar, comprender y responder. Su fecundidad se manifiesta en la Vida que esos medios despiertan y ayudan a acoger.

La presencia en la sala de personas buenas y malas muestra que la llamada alcanza al ser humano en su condición real. Dios convoca al alma allí donde se encuentra, con su confusión, sus heridas y sus posibilidades todavía ocultas.

Podemos acudir con verdad, reconociendo lo que somos y lo que aún necesita ser esclarecido. La invitación abre un camino de transformación.

Esta apertura nos conduce hasta la pregunta por el vestido. La entrada en la sala nos sitúa ante el misterio; nuestra vida necesita disponerse para participar de él.

✨ El vestido de Luz

El rey encuentra a un comensal que no lleva el vestido de boda. La escena introduce una pregunta que alcanza la profundidad de nuestra respuesta.

Mateo no ofrece una definición del vestido. Desde nuestra tradición gnóstica, podemos contemplarlo a la luz del misterio del Tálamo y del revestimiento de Luz que el Evangelio de Felipe relaciona con la unión.

El vestido manifiesta una condición recibida y asumida. En esta lectura espiritual, expresa una existencia alcanzada por la Vida del Cristo, una vida que comienza a encontrar su unidad desde la comunión.

Revestirse de Luz significa permitir que lo recibido penetre hasta nuestra raíz. El conocimiento alcanza nuestras intenciones, nuestros deseos y nuestra manera de estar con los hermanos. La enseñanza se vuelve servicio; la autoridad, responsabilidad; la comprensión, apertura a una profundidad que sigue esclareciéndonos.

Ese revestimiento tiene su origen en el don divino. El alma lo acoge y permite que transforme aquello que todavía vive desde la separación: la pretensión de poseer, el miedo a perder su lugar, la necesidad de imponerse y la costumbre de encerrarse dentro de sus propias certezas.

El vestido nupcial nos sitúa así ante la realidad de la participación. Podemos encontrarnos en la sala y seguir viviendo interiormente ajenos al misterio que se celebra. Podemos llevar los signos de una pertenencia mientras nuestro corazón permanece gobernado por la rivalidad, el cálculo o el afán de dominio.

Quienes custodian la enseñanza necesitan dejarse revestir por la Luz que anuncian. Su conocimiento y su función deben ser atravesados por la comunión con el Cristo.

La recepción sacramental nos compromete con una Vida que está llamada a desplegarse en nosotros. El misterio recibido alcanza su expresión en una existencia que consiente ser reunida, esclarecida y vivificada.

El vestido nupcial expresa, en esta lectura, el revestimiento de Luz de una vida que se deja reunir en el Cristo.

🌑 La separación y las tinieblas exteriores

Las imágenes de violencia y expulsión de Mateo son severas. Expresan la gravedad del rechazo y forman parte de la advertencia dirigida a sus interlocutores.

La responsabilidad espiritual tiene consecuencias. Quienes orientan la vida religiosa de otros pueden abrir caminos hacia el reconocimiento de Dios o fortalecer resistencias que dificultan ese encuentro.

Estas imágenes requieren discernimiento. La violencia del rey de la parábola no autoriza a convertir nuestra propia violencia en expresión de la voluntad divina. La advertencia pide que examinemos nuestra respuesta a Dios y la verdad de nuestro servicio.

Desde la profundidad del Tálamo, las tinieblas exteriores nos permiten contemplar la condición de una conciencia que permanece en la separación. La llamada alcanza al alma, pero esta puede continuar viviendo desde aquello que la mantiene ajena a la comunión.

Esa exterioridad puede acompañarnos incluso dentro de una comunidad religiosa. Nuestra presencia en la celebración necesita corresponderse con una apertura real al misterio.

Isaías mantiene ante nosotros el horizonte de la salvación: Dios retira el velo y vence la muerte. El misterio nupcial nos permite contemplar juntas ambas promesas. La Luz revela nuestra pertenencia y la unión restaura lo que la separación había sometido a la muerte.

Por eso la severidad del Evangelio reclama verdad. Necesitamos reconocer lo que todavía se resiste, sin ocultarlo bajo nuestra función, nuestro conocimiento o las formas de nuestra pertenencia.

🕯️ Acudir a las nupcias del Hijo

La parábola termina distinguiendo entre la llamada y la elección. Estas palabras requieren una humildad especial en quienes han recibido una responsabilidad espiritual.

La elección pertenece a Dios. Ninguno de nosotros puede apropiársela para proclamarse superior o situar a otros fuera. Nuestra tarea es escuchar, responder y permitir que la Vida del Cristo transforme aquello que somos.

Isaías nos ha mostrado una mesa preparada para todos los pueblos, un velo que desaparece y una muerte vencida. Mateo ha situado las nupcias del Hijo ante los custodios de la enseñanza y ha llevado la pregunta hasta el vestido de boda. Tomás nos ha permitido reconocer las ocupaciones y los intereses mediante los que podemos aplazar la respuesta.

Desde nuestra tradición, el sacramento del Tálamo ilumina la profundidad de esta llamada. Somos convocados a la unión, a la reintegración, a una comunión que alcance la raíz de nuestra existencia.

Quienes enseñan siguen necesitando ser esclarecidos. Quienes presiden siguen necesitando acudir. Quienes custodian la Palabra siguen necesitando recibir la Vida que ella anuncia.

La mesa está preparada. La invitación llega hasta nuestros caminos. El Hijo nos convoca a sus nupcias.

¿Permitimos que esa llamada atraviese nuestras seguridades y nos conduzca hacia la unión? ¿Dejamos que la Luz recibida revista nuestra vida? ¿O permanecemos junto al misterio, ocupados en sus formas, mientras seguimos resistiéndonos a entrar en su profundidad?

Plegarias

Oraciones de la celebración

🕯️ Oración colecta

Padre de toda Luz, que nos llamas a las nupcias de tu Hijo, abre nuestro corazón a su presencia. Levanta el velo que oscurece nuestra mirada y dispón nuestra alma para el misterio de la unión. Que, revestidos de su Luz, participemos de la Vida que reúne lo separado y nos conduce a tu plenitud.

Por Él, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.

🍇 Oración sobre las ofrendas

Padre de bondad, de Ti recibimos los dones que presentamos ante tu altar. Acoge con ellos nuestra disposición a responder a tu llamada. Que esta comunión nos una al Cristo y haga de nuestra vida una ofrenda de amor, abierta a los hermanos que reúnes en tu mesa.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

✨ Oración después de la comunión

Padre de la Vida, te damos gracias por el alimento recibido en esta mesa. Que la presencia del Cristo reúna en nosotros lo que permanece dividido y nos disponga para la plenitud del Tálamo. Conserva en nuestra alma la Luz recibida, para que vivamos en comunión contigo y sirvamos con amor a nuestros hermanos.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

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