Lecturas
Custodiar la Palabra viva
Filipenses 4, 6-9 · Mateo 21, 33-43 · Felipe 110bLectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses · 4, 6-9
Versión: Biblia · Conferencia Episcopal Española
Hermanos:
Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta.
Lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros.
Lectura del Evangelio según san Mateo · 21, 33-43
Versión: Lecturas dominicales · Catedral de Mallorca
En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola: “Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.
Llegado el tiempo de los frutos, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo apedrearon.
Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su hijo diciéndose: ‘Tendrán respeto a mi hijo’.
Pero los labradores, al ver al hijo se dijeron: ‘Este es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia’. Y agarrándolo, lo sacaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?».
Le contestan: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo».
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”? Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Lectura del Evangelio según san Felipe · 110b
Fuente: Todos los evangelios canónicos y apócrifos · EDAF, 2009
El amor de nada dice que es «suyo» [incluso aunque eso] sea suyo. No [dice: «esto es tuyo»] o «esto es mío» [sino: «todas estas cosas] son tuyas».

Comentario
✨ XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
📜 Aquellos a quienes se confió la viña
Jesús sigue hablando a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Es importante escuchar la parábola desde ese lugar. Sus palabras se dirigen a quienes tienen la responsabilidad de velar por la vida religiosa de la comunidad, custodiar las Escrituras, enseñar y ayudar al pueblo a reconocer la voluntad de Dios.
Sobre ellos pesa una confianza recibida. Conocen los textos, conservan las tradiciones y ocupan un lugar desde el que sus palabras pueden orientar la vida de muchos. Precisamente por eso Jesús les habla con tanta profundidad: la responsabilidad que les ha sido confiada necesita permanecer abierta a Dios.
La imagen de la viña expresa esa confianza. El propietario la planta, la rodea con una cerca, prepara el lagar y construye una torre. Todo está dispuesto para que la vida crezca y dé fruto. Después la entrega al cuidado de unos labradores.
Los labradores reciben una obra que los precede. Entran en una viña que ya ha sido plantada y se les confía su cultivo. Su tarea encuentra sentido en la relación con aquel de quien la han recibido.
También la Palabra nos precede. Antes de que podamos explicarla, enseñarla o proclamarla, ella nos llama. Y quienes reciben la responsabilidad de transmitirla siguen siendo personas necesitadas de escucharla.
Aquí comienza la pregunta que atraviesa esta celebración: ¿cómo custodiar fielmente aquello que viene de Dios?
🕊️ Dejar que Dios custodie nuestro corazón
San Pablo nos entrega una clave decisiva para escuchar esta parábola: la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará nuestros corazones y nuestros pensamientos en Cristo Jesús.
Jesús habla a quienes tienen la responsabilidad de custodiar la Palabra. Pablo nos conduce hasta el interior de esa responsabilidad. Antes de enseñar, interpretar o velar por la vida espiritual de otros, necesitamos permitir que nuestro propio corazón sea custodiado en el Cristo.
También nuestros pensamientos necesitan esa custodia. Podemos conocer las Escrituras y seguir leyéndolas desde nuestros temores, nuestras pretensiones o la necesidad de conservar nuestro lugar. Podemos hablar de Dios mientras nuestra comprensión permanece encerrada dentro de lo que nosotros mismos hemos construido.
La paz de Dios supera todo juicio. Estas palabras abren nuestra conciencia a una profundidad que no puede quedar contenida en nuestras interpretaciones. La verdad que viene del Padre puede alcanzarnos, esclarecernos y transformar incluso aquello que creíamos comprender definitivamente.
El pensamiento tiene su tarea: atender, discernir, comprender y buscar una expresión fiel de lo recibido. Pero necesita permanecer abierto a la Vida de la que procede la Palabra. Cuando se considera suficiente por sí mismo, puede convertir su propia medida en límite de lo divino.
Por eso Pablo comienza invitándonos a presentar nuestras peticiones a Dios con acción de gracias. Quien da gracias recuerda que ha recibido. Quien suplica reconoce que necesita. Quien ora mantiene abierta su relación con la Fuente.
Esta disposición es decisiva para los custodios de la viña. Su servicio comienza en una escucha que también los transforma. La Palabra que transmiten sigue teniendo algo que revelarles; la Luz que anuncian sigue teniendo algo que esclarecer en ellos.
Quienes custodian la Palabra necesitan dejarse custodiar por Dios en el Cristo.
🌿 Una confianza que puede convertirse en posesión
La parábola muestra cómo esa relación se rompe.
Los labradores continúan dentro de la viña, pero comienzan a actuar como si todo les perteneciera. Cuando llegan los enviados del propietario, los reciben con violencia. El cuidado de la viña se ha convertido en una pretensión de dominio.
Podemos reconocer aquí una tentación espiritual muy profunda. Lo recibido llega a confundirse con lo propio. La responsabilidad se mezcla con la necesidad de controlar. La enseñanza termina ligada a la defensa de quien enseña. Y la Palabra, que debía abrir el corazón a Dios, queda encerrada dentro de los límites de una conciencia que cree poseerla.
Esto puede suceder de manera silenciosa. Basta con que dejemos de escuchar porque estamos acostumbrados a hablar; con que nuestra interpretación se vuelva incapaz de ser iluminada; con que identifiquemos la fidelidad a Dios con la conservación de nuestro lugar.
Entonces cualquier llamada que nos alcance desde fuera de lo previsto puede parecernos una amenaza. La palabra que debería ayudarnos a despertar se recibe como una intromisión. Nos aferramos a lo que conocemos porque en ello hemos depositado nuestra seguridad.
Pablo nos muestra otra posibilidad: presentar ante Dios aquello que nos preocupa y permitir que su paz custodie el corazón y el pensamiento. Esa confianza hace posible reconocer nuestras limitaciones sin sentir que toda nuestra vida se derrumba. Podemos seguir aprendiendo, recibir una corrección y escuchar algo que todavía no habíamos comprendido.
La pregunta que Jesús pone ante los custodios de la viña también nos alcanza: ¿qué estamos cuidando cuando decimos que custodiamos la Palabra? ¿La vida que viene de Dios, o la seguridad que hemos construido alrededor de nuestra manera de comprenderla?
🕯️ El Hijo viene a su propia viña
El propietario envía finalmente a su hijo.
Aquí la parábola alcanza su centro. Los labradores reconocen al heredero, pero ese reconocimiento despierta en ellos el deseo de quedarse con la herencia. La presencia del hijo pone de manifiesto que la viña tiene un origen y una pertenencia que ellos no pueden sustituir.
El Hijo viene a recordar esa relación viva.
Desde nuestra comprensión gnóstica, podemos contemplar en Él la Palabra que procede del Padre y hace presente su Vida. El Cristo nos revela de dónde venimos y hacia dónde somos llamados. Su presencia despierta en el alma la memoria de una pertenencia más profunda que cualquier título, función o seguridad adquirida.
Recibir al Hijo significa permitir que esa Vida vuelva a ocupar el centro.
Los labradores quieren la herencia, pero rechazan al heredero. Desean conservar aquello que han recibido separándolo de su fuente. Esta es la fractura espiritual que la parábola descubre: pretender disponer de los dones de Dios mientras cerramos nuestra vida a su presencia.
En ese movimiento resuena el misterio de la caída angélica: recibir la Luz y llegar a pretenderla propia, olvidando al Padre de quien procede. La conciencia se vuelve sobre sí misma y comienza a vivir como si pudiera sostenerse separada de su Origen. Los labradores expresan esa misma pretensión cuando creen que, apartando al hijo, podrán quedarse con la herencia.
También nosotros podemos aferrarnos a formas, palabras y conocimientos que recibieron su sentido del Cristo, y llegar a olvidarnos de Él mientras los defendemos.
Por eso Pablo sitúa la custodia del corazón y del pensamiento en Cristo Jesús. Esa expresión es fundamental. Nuestra vida encuentra su orientación en una relación viva con Él. Allí la enseñanza puede volver a ser escucha; la responsabilidad, servicio; y el conocimiento, apertura a una Luz que continúa transformándonos.
El celebrante, el custodio, el lector y cada persona a quien se confía una responsabilidad espiritual necesitan seguir reconociéndose ante el Cristo como discípulos.
La Palabra que proclamamos también ha de entrar en nosotros. Ha de esclarecer nuestras intenciones, atravesar nuestras resistencias y renovar nuestra manera de estar con los hermanos.
Cuando el custodio puede seguir aprendiendo, la puerta permanece abierta.
🔑 El amor no dice «esto es mío»
El Evangelio de Felipe ilumina esta disposición con unas palabras breves:
«El amor de nada dice que es “suyo” [incluso aunque eso] sea suyo. No [dice: “esto es tuyo”] o “esto es mío” [sino: “todas estas cosas] son tuyas”».
Los labradores de Mateo dicen: quedémonos con la herencia. Felipe nos muestra el movimiento de un amor que abre las manos.
Estas palabras pueden penetrar hasta la raíz de nuestra relación con lo sagrado. Hemos recibido enseñanzas, símbolos, oraciones y formas de celebración. Hemos recibido también la posibilidad de comprender algo de su profundidad. Todo ello nos sitúa ante una responsabilidad: hacer que lo recibido pueda alimentar la vida de otros.
La Gnosis madura en esa disposición. El conocimiento del corazón nos vuelve capaces de reconocer que la Luz tiene su origen en el Padre. Cuanto más hondamente participamos de ella, más comprendemos que su presencia está llamada a iluminar.
Custodiar esa Luz requiere atención, fidelidad y discernimiento. Quien cuida una fuente procura que su agua llegue limpia a quienes tienen sed. Se ocupa de ella con seriedad porque conoce el valor de lo que le ha sido confiado.
Así puede comprenderse el servicio de la Palabra: conservar su profundidad, transmitirla con verdad y ofrecerla con amor. La confianza recibida se vuelve fecunda cuando encuentra en nosotros un lugar por el que puede pasar la Vida.
Un corazón custodiado en el Cristo puede recibir sin aferrarse, enseñar sin adueñarse y cuidar sin sustituir al Padre. La paz de Dios va liberándolo de la necesidad de convertir cada don en una afirmación de sí mismo.
El amor reconoce lo recibido y permite que se vuelva don.
🪨 La piedra que sostiene la casa
Jesús recuerda entonces la Escritura: la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido en piedra angular.
Los arquitectos conocen la construcción. Tienen criterios, experiencia y autoridad para decidir qué piedra sirve y cuál debe apartarse. Sin embargo, pueden rechazar precisamente aquella sobre la que la casa ha de sostenerse.
Esta imagen prolonga la pregunta dirigida a los custodios. Es posible conocer la forma de un edificio y perder de vista su fundamento. Es posible conservar muchas palabras acerca de Dios y cerrar el corazón ante su presencia viva.
El Cristo permanece como piedra angular. En Él encuentra unidad lo que nuestra conciencia vive separado. En Él, la enseñanza, la oración y el servicio pueden recuperar una misma orientación hacia el Padre.
La piedra rechazada nos invita a revisar el lugar desde el que reconocemos lo verdadero. ¿Permitimos que el Cristo sea el fundamento de nuestra vida, también cuando su presencia desborda nuestras previsiones?
Aquí resuena de nuevo la palabra de Pablo: la paz de Dios supera todo juicio. Nuestro discernimiento necesita arraigar en una profundidad mayor que nuestras seguridades. Podemos examinar, comprender y decidir permaneciendo abiertos a lo que Dios todavía quiere esclarecer.
Una comunidad espiritual encuentra firmeza cuando vuelve a ese centro. Sus ministerios y sus formas de celebración pueden entonces ponerse al servicio de la Vida que los reúne y les da sentido.
El fundamento permanece en el Cristo. Todos seguimos necesitando apoyarnos en Él.
🌾 Los frutos de una Palabra acogida
Jesús habla de un pueblo que produzca los frutos del Reino.
Sus palabras mantienen abierta la exigencia de dar fruto para todo aquel que recibe la viña. También nosotros estamos llamados a preguntarnos qué está creciendo en el lugar que se nos ha confiado.
La carta a los Filipenses ofrece una orientación luminosa: atender a cuanto es verdadero, noble, justo, puro, amable y digno de alabanza. Y Pablo añade que lo aprendido y recibido ha de ponerse en práctica.
Después de hablar de la custodia del corazón y del pensamiento, nos muestra hacia dónde orientar nuestra atención. Aquello en lo que nos detenemos va dando forma a nuestra mirada. Cuando el corazón permanece ocupado por el temor, la rivalidad o la sospecha, termina interpretando desde ellos incluso las cosas de Dios. La atención a lo verdadero, justo y puro dispone nuestra vida para reconocer y acoger sus frutos.
La Palabra acogida va tomando cuerpo en la vida. Se hace claridad en el modo de enseñar, justicia en el trato, pureza de intención y cuidado de los hermanos. Se vuelve una presencia capaz de acompañar sin encerrar, de esclarecer sin humillar y de transmitir sin reclamar para sí el lugar del Cristo.
Estos frutos brotan de una relación viva con la Fuente. Crecen cuando permitimos que lo recibido alcance nuestro corazón y transforme desde dentro nuestra manera de mirar.
Pablo une así la oración, la atención y la práctica. Presentamos nuestra vida ante Dios; dejamos que su paz nos custodie en el Cristo; atendemos a cuanto puede expresar su verdad; y encarnamos lo aprendido.
Al final de esta exhortación, Pablo anuncia que el Dios de la paz estará con nosotros. La paz recibida se prolonga en una vida habitada por su presencia.
🙏 Permanecer abiertos al dueño de la viña
La parábola nos sitúa ante una pregunta que necesita permanecer viva: ¿seguimos abiertos a aquel de quien hemos recibido la viña?
Quienes sirven a la comunidad necesitan volver una y otra vez a esa escucha. La responsabilidad espiritual puede ejercerse con firmeza y, al mismo tiempo, con un corazón dispuesto a ser esclarecido.
Podemos custodiar la enseñanza recordando que ella también nos enseña. Podemos proclamar la Palabra dejando que nos alcance. Podemos cuidar de los hermanos reconociendo en ellos una Vida cuyo origen está en el Padre.
San Pablo nos muestra el lugar interior desde el que ese servicio puede hacerse verdadero: un corazón y un pensamiento custodiados en Cristo Jesús por la paz de Dios. Desde esa profundidad podemos trabajar sin pretender ocupar el lugar de la Fuente, enseñar conservando la disposición del discípulo y recibir con gratitud lo que después ofrecemos.
Felipe expresa el movimiento del amor que nace de esa apertura: deja de aferrarse a lo recibido y lo vuelve don.
Así la viña puede dar fruto. El Cristo ocupa el centro, la Palabra conserva su capacidad de despertar y el servicio encuentra su verdad en la vida que ayuda a crecer.
Custodiar la Palabra comienza por dejarnos custodiar por ella. Abramos ante Dios nuestro corazón y nuestro pensamiento, para recibir al Hijo cuando viene y servir con amor la viña que nos ha sido confiada.
Plegarias
Oraciones de la celebración
🕯️ Oración Colecta
Padre de toda Luz, que nos confías tu Palabra y nos llamas a servir la Vida que procede de Ti, guarda nuestros corazones y nuestros pensamientos en el Cristo. Que tu paz nos mantenga abiertos a su presencia y que recibamos con gratitud tus dones, para compartirlos con un amor que nada reclama como propio.
Por Él, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
🌿 Oración sobre las Ofrendas
Padre de bondad, recibimos de Ti cuanto ahora te ofrecemos. Acoge estos dones y nuestra disposición a servir; que, unidos al Cristo, cultivemos con fidelidad la viña que nos has confiado y compartamos sus frutos con nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
✨ Oración después de la Comunión
Padre de la Vida, te damos gracias por la comunión recibida. Que la presencia del Cristo esclarezca nuestro corazón, custodie nuestros pensamientos y nos mantenga unidos a Ti, nuestra Fuente. Haz fecunda en nosotros tu Palabra, para que cuanto hemos recibido se vuelva don y servicio por amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

