Lecturas
La Luz que no se separa
Romanos 14, 7-9 · Mateo 18, 21-35 · Tomás 61Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos · 14, 7-9
Versión: Lecturas dominicales · Conferencia Episcopal Tarraconense
Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.
Lectura del Evangelio según san Mateo · 18, 21-35
Versión: Lecturas dominicales · Conferencia Episcopal Tarraconense
En aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos.
Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.
Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Lectura del Evangelio según santo Tomás · Logión 61
Fuente: Todos los evangelios canónicos y apócrifos · EDAF, 2009
Jesús dijo: «Habrá dos reposando sobre un lecho. Uno morirá, el otro vivirá».
Salomé dijo: «¿Quién eres tú, hombre? ¿De quién (provienes)? Te has reclinado sobre mi lecho y has comido en mi mesa».
Jesús le dijo: «Yo soy el que proviene del que es igual. Me ha sido dado de entre lo perteneciente a mi Padre».
«Yo soy tu discípula».
«Por ello te digo: cuando alguien se hace igual, será lleno de luz. Pero cuando se separa, estará lleno de tiniebla».

Comentario
✨ XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
🤲Somos del Señor
«Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo».
Pablo no propone una norma de humildad. No nos dice que renunciemos a vivir para nosotros mismos como quien abandona una pretensión excesiva. Declara algo más radical: nunca hemos vivido para nosotros mismos. Nunca hemos sido dueños de nuestra vida.
Vivimos en el Señor. Morimos en el Señor. Todo cuanto somos, cuanto recibimos, cuanto atravesamos y cuanto entregamos pertenece al Señor.
Esta es la clave de todo el Evangelio de hoy.
Mientras creemos que vivimos para nosotros mismos, también creemos que hay algo que es exclusivamente nuestro: nuestro cuerpo, nuestro tiempo, nuestra paz, nuestro nombre, nuestra historia, nuestra herida. Y, si algo es nuestro, pensamos que alguien puede quitárnoslo. Entonces aparece la ofensa. Aparece la deuda. Aparece el juicio.
Pero Pablo deshace de raíz esta visión. Si somos del Señor, nada es nuestro de ese modo. Ni siquiera aquello que llamamos «mi vida» es una posesión. Es un don que atravesamos. Es una forma que hemos recibido. Es una misión en la Providencia.
Y el otro tampoco vive para sí mismo. El otro también pertenece al Señor. No está ante nosotros como un rival, como un intruso, como alguien que debe devolvernos aquello que creemos haber perdido. Está en el mismo misterio. Camina bajo la misma Luz, aunque muchas veces no la reconozca; y nosotros tampoco.
⛓️El siervo que quiso ser amo
La parábola de Mateo comienza con un siervo ante su señor. Tiene una deuda inmensa, imposible de pagar. No posee nada con que saldarla. Ni su esfuerzo, ni su tiempo, ni todo cuanto cree tener bastarían para devolver aquello que se le reclama.
Y el señor lo libera.
No le concede un plazo. No negocia una reducción. No le ofrece una nueva oportunidad para rehacer su cuenta. Le perdona la deuda.
El siervo sale libre. Pero no ha despertado. Ha recibido la misericordia sin reconocer de dónde procede. Y por eso, al encontrarse con otro siervo que le debe una cantidad pequeña, lo agarra, lo aprieta, lo amenaza y exige lo que cree suyo.
Ese es el momento decisivo de la parábola.
El siervo no comprende que él y su compañero son igualmente siervos. Los dos pertenecen al mismo señor. Ninguno es dueño de la vida del otro. Ninguno puede ponerse en el lugar del amo para reclamar, medir, condenar o conservar una deuda.
Sin embargo, el siervo que ha sido perdonado quiere ser acreedor. Quiere poseer la cuenta. Quiere sostener la ficción de que tiene algo suyo que le han quitado y que el otro debe devolverle.
Así nace la oscuridad.
No porque exista una deuda verdadera, sino porque la conciencia dividida necesita imaginarla. Necesita separar el mundo entre quien tiene razón y quien no la tiene, entre quien da y quien recibe, entre quien ha sido herido y quien debe pagar por haber herido.
La parábola no nos muestra solamente la dureza de un hombre. Nos muestra la condición de toda alma que ha olvidado que pertenece al Señor.
🍎El árbol del juicio
Cuando el ser humano come del fruto del conocimiento del bien y del mal, comienza a mirar con una mirada dividida.
Antes de esa división, todo procede de Dios. Todo se recibe. Todo se reconoce como don. No hay una voluntad propia instalada frente a la Voluntad divina. No hay un «yo» que quiera gobernar el sentido de las cosas, ni un «otro» que pueda amenazar lo que ese yo posee.
Pero al comer del fruto, el ser humano se convierte en juez.
Empieza a clasificar. Esto me favorece, esto me daña. Esto me pertenece, esto me ha sido arrebatado. Este merece gratitud, aquel merece castigo. Esta palabra debo guardarla, esta herida debo cobrarla, esta persona debe reparar lo que ha hecho.
Y así comienza la vida humana como contabilidad.
No se trata ya de contemplar lo que ocurre, sino de juzgarlo. No se trata de recibir el camino que la Providencia abre, sino de exigir que el camino responda a nuestra voluntad. No se trata de reconocer al otro como criatura del mismo Señor, sino de convertirlo en enemigo, culpable o deudor.
Esta es la caída.No una falta aislada cometida en un instante remoto, sino la conciencia que se cree separada de la Fuente y que, por ello, se imagina dueña de lo que nunca pudo poseer.
El siervo del Evangelio vive todavía dentro de ese árbol. Ha sido liberado, pero sigue pensando como propietario. Su señor le ha mostrado que la deuda no gobierna la realidad; él, sin embargo, sale a imponerla sobre otro.
🛏️El lecho y la mesa
El logión 61 del Evangelio según Tomás no se abre con una máxima abstracta. Se abre con un lecho y una mesa.
Salomé pregunta a Jesús: «¿Quién eres tú, hombre? ¿De quién (provienes)? Te has reclinado sobre mi lecho y has comido en mi mesa».
«Mi lecho». «Mi mesa». En esas dos palabras aparece la mirada que organiza el mundo desde la propiedad. Hay algo mío; por eso puedo delimitarlo, guardarlo, reclamarlo y preguntar quién tiene derecho a entrar en ello.
Jesús no responde discutiendo la propiedad de Salomé. Dice: «Yo soy el que proviene del que es igual. Me ha sido dado de entre lo perteneciente a mi Padre».
Todo cambia. El lecho, la mesa, el cuerpo, el tiempo, el alimento y el encuentro no pertenecen a un yo aislado. Todo ha sido dado de entre lo perteneciente al Padre. Quien procede de esa Fuente no entra en el mundo como un invasor ni se encuentra ante otro como dueño o deudor. Se sabe recibido.
⚖️Hacerse igual y recibir la Luz
Por eso concluye el logión: «Cuando alguien se hace igual, será lleno de luz. Pero cuando se separa, estará lleno de tiniebla».
Hacerse igual no es borrar los rostros, los caminos o las diferencias. Es dejar de imaginarse por encima o por debajo de otro; dejar de ocupar el lugar del amo; dejar de hacer de la propia vida un recinto privado frente a la vida del hermano.
El que se hace igual reconoce que él y el otro proceden de lo perteneciente al Padre. Ninguno posee la Luz. Ninguno puede administrarla. Ninguno tiene el poder de constituirse en acreedor del otro.
La separación comienza cuando olvidamos esto. Entonces imaginamos una vida propia, una voluntad propia, una justicia propia, un patrimonio propio y una herida propia. Y, al afirmar todas esas posesiones, nos apartamos de la Luz.
La Luz no puede ser propiedad de nadie. Está antes de nuestros cálculos, antes de nuestro mérito, antes de nuestras historias y de nuestros nombres. Nos atraviesa, nos sostiene y nos llama de nuevo a la Fuente de la que procedemos.
Pero la conciencia separada no puede verla. Está ocupada defendiendo aquello que cree suyo. Por eso se llena de tiniebla: no porque Dios la abandone, sino porque se encierra en la ilusión de vivir de sí misma. Se cree capaz de determinar quién debe, quién merece, quién ha fallado y quién debe ser perdonado.
Tomás no nos invita a ser mejores jueces. Nos invita a dejar de vivir desde el tribunal. Quien se hace igual no convierte la circunstancia en una acusación contra el mundo, contra el otro o contra Dios. Recuerda que su vida le ha sido dada y que, por ello, tampoco necesita defenderla como una fortaleza.
🔓No tenemos deudas ni deudores
Cuando Pablo dice que somos del Señor, nos libera de una carga que muchas veces no sabemos que llevamos: la necesidad de tener cuentas pendientes.
No tenemos deudas que cobrar porque nada de cuanto recibimos era nuestra propiedad. No tenemos deudores porque nadie ha podido entrar en una vida que ya pertenecía al Señor. No tenemos ofensas que guardar porque la ofensa solo existe cuando un yo separado reclama como propio aquello que la Providencia le había dado para atravesarlo, no para poseerlo.
Esto no significa que las formas del mundo no sean reales en el tiempo. Las palabras suceden. Los actos dejan huella. Los cuerpos conocen el cansancio, la pérdida y el dolor. Pero no son la verdad última de quienes los viven.
La conciencia dividida toma una forma pasajera y dice: «esto soy yo». Después toma otra forma y dice: «esto es mi enemigo». Y entre ambas levanta un muro.
La Gnósis ve de otra manera.
Ve que aquello que hoy llamamos pérdida puede ser una puerta. Ve que aquello que parecía una herida puede revelar la dependencia escondida que teníamos de una imagen, de una posesión o de una voluntad propia. Ve que el otro, incluso cuando no comprendemos su lugar en nuestro camino, no está fuera de la Providencia.
No recibimos del otro una voluntad capaz de determinar nuestra esencia. Solo recibimos, en cada encuentro, aquello que la Sabiduría divina permite que aparezca para que despertemos.
El siervo del Evangelio quiso que su compañero pagara. Quiso recuperar algo. Pero ¿qué podía recuperar? ¿Qué le pertenecía? ¿Qué podía añadir a su ser aquel dinero que exigía? Nada. Su empeño por cobrar revelaba precisamente que no sabía quién era.
🧭La Providencia no reclama
La Providencia no funciona como nuestra voluntad. No ajusta cuentas. No distribuye recompensas y castigos según las medidas humanas. No conserva un libro donde unas culpas aumentan y unos méritos compensan otras culpas.
La Providencia conduce. Desvela. Ordena en profundidad aquello que, desde abajo, parece disperso.
Cuando olvidamos esto, creemos que cada acontecimiento ha venido a confirmar o a destruir nuestra voluntad. Y entonces vivimos pendientes de que el mundo nos devuelva lo que pensamos que nos debe.
Pero quien sabe que es del Señor puede dejar de exigir.
Puede contemplar aquello que llega sin convertirlo inmediatamente en un juicio. Puede ver en el otro no a un culpable definitivo, sino a otro siervo que también camina entre la Luz y la tiniebla. Puede dejar de atribuirse una autoridad que no posee.
No porque sea indiferente. No porque se desentienda de la verdad. Sino porque la verdad no es propiedad de nadie.
La verdad pertenece al Señor. Y, cuando la dejamos ser, no necesita imponerse mediante la humillación, el castigo o la deuda. Se revela por sí misma. Deshace la ilusión. Vuelve inútil la contabilidad.
🔄Volver a hacernos iguales
El siervo del Evangelio había recibido una liberación inmensa, pero no pudo recibirla verdaderamente porque siguió viviendo como si fuera dueño.
También nosotros podemos escuchar estas palabras, hablar de perdón, repetir que todo pertenece a Dios y, sin embargo, seguir guardando una cuenta secreta. Seguir esperando que alguien reconozca lo que nos hizo. Seguir deseando que el otro devuelva aquello que jamás pudo poseer.
La invitación de este domingo no es esforzarnos más por perdonar. Es dejar que la Luz destruya en nosotros la necesidad de ser acreedores.
No somos los amos de nuestra historia. No somos los jueces de nuestros hermanos. No somos los propietarios de nuestras heridas. Somos del Señor.
Y si somos del Señor, podemos volver a hacernos iguales.
Podemos dejar que la vida llegue sin exigir que obedezca nuestro cálculo. Podemos dejar que el otro exista sin convertirlo en aquello que nos debe. Podemos dejar de mirar desde el árbol del juicio y recibir nuevamente el mundo como un don que no nos pertenece, pero que nos ha sido confiado.
Entonces la tiniebla comienza a retirarse.
No porque hayamos vencido a nadie. No porque hayamos cobrado una deuda. No porque alguien haya quedado sometido a nuestra medida.
Sino porque hemos recordado que nunca fuimos amos.
Y, al recordar que somos siervos del Señor, descubrimos que también el otro lo es. Que no hay un acreedor frente a un deudor. Que no hay una ofensa que conservar. Que no hay una voluntad humana capaz de separarnos de la Fuente.
Solo queda la Luz:la Luz que precede a la división, la Luz que atraviesa toda forma y la Luz a la que todo vuelve.
Plegarias
Oraciones de la celebración
🕯️Oración Colecta
Señor, Fuente de toda vida, en quien vivimos y a quien pertenecemos: reúne nuestro corazón disperso y líbranos de la ilusión de poseer, juzgar o reclamar. Haznos reconocer tu Providencia en cuanto llega a nuestro camino y permanecer en la Luz que no se separa.
Por nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
🍃Oración sobre las Ofrendas
Recibe, Señor, este pan y este vino, signos de una vida que no es nuestra, sino tuya. Que al presentarlos ante Ti dejemos toda cuenta, toda pretensión y toda deuda imaginada; y que tu Luz haga de nosotros siervos sencillos, reunidos en la unidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
✨Oración después de la Comunión
Alimentados con el pan de tu Vida, Señor, te pedimos que disuelvas en nosotros la conciencia que se cree separada. Que no guardemos ofensas ni levantemos juicios, pues nada poseemos fuera de Ti. Haznos permanecer en tu igualdad, llenos de tu Luz y guiados por la Espíritu Santo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

