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Ciclo A · Tiempo ordinario

XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

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Lecturas

Cuando dos hacen la paz en la misma casa

Romanos 13, 8-10 · Mateo 18, 15-20 · Tomás 48

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (Rom 13, 8-10)

Traducción: Lecturas dominicales · Conferencia Episcopal Tarraconense

Hermanos: A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Lectura del Evangelio según san Mateo (Mt 18, 15-20)

Versión: Lecturas dominicales · Conferencia Episcopal Tarraconense

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Lectura del Evangelio según santo Tomás · Logión 48

Fuente: Todos los evangelios canónicos y apócrifos · EDAF, 2009

Jesús dijo: «Si dos hacen la paz entre sí en una misma casa, dirán a la montaña: “¡Muévete!”, y se moverá».

Dos personas contemplan una montaña al amanecer junto a una casa de piedra

Comentario

✨ XXIII Domingo del Tiempo Ordinario

✨ «Si tu hermano peca contra ti»

El Evangelio de hoy no dice: «Si ves que tu hermano peca», ni dice: «Si conoces sus faltas, corrígelo». Dice algo mucho más concreto y delicado: «Si tu hermano peca contra ti».

Jesús no nos constituye vigilantes de los pecados ajenos. No nos entrega una autoridad para recorrer la vida de los demás, medir sus conciencias, descubrir sus sombras y pronunciarnos sobre ellas. Nadie ha recibido de Cristo el oficio de juez del interior de otro ser humano. El misterio de cada alma pertenece a Dios.

Lo que Jesús nombra es una herida real en la relación. Hay una palabra, un gesto, una traición, una mentira o un desprecio que ha roto algo entre dos personas. Y ante esa ruptura, la respuesta no es la murmuración, el comentario compartido, la formación de bandos ni el silencio resentido. La respuesta es ir al encuentro.

«Ve y repréndelo estando los dos a solas». No para vencerle. No para obligarle a reconocer nuestra razón. No para reclamar una superioridad moral. Se va al encuentro porque el vínculo importa; porque el hermano no es una falta; porque incluso allí donde algo ha sido dañado todavía puede haber un camino hacia la verdad.

🌊 La única deuda: el amor mutuo

San Pablo nos da la clave de toda la lectura: «A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo».

Esto cambia por completo la manera de escuchar a Mateo. Si solo debemos al otro el amor, no le debemos vigilancia. No le debemos una sentencia. No le debemos la humillación de señalarlo desde arriba. No le debemos convertir su caída en el relato definitivo de quién es.

Le debemos amor.

Y el amor, en el sentido profundo en que Pablo lo anuncia, no es complacencia ni ceguera. Amar no es decir que no ha pasado nada cuando algo ha herido la comunión. Amar es no consentir que la herida se convierta en separación definitiva. Amar es no dejar que el otro quede reducido a aquello que ha hecho, del mismo modo que pedimos no quedar nosotros reducidos a aquello que hicimos cuando estábamos lejos de nuestra verdad.

«El que ama ha cumplido el resto de la ley». Pablo no desprecia la Ley: revela su centro. Los mandamientos no son una red para capturar al culpable; son formas de custodiar la vida. No matar, no robar, no codiciar, no usar al otro para nuestro deseo ni para nuestro poder: todo ello se recoge en una sola exigencia luminosa: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

El amor no hace mal al prójimo. Ahí está la medida. No preguntarnos primero: «¿Ha fallado el otro?», sino: «¿Qué hace mi palabra en esta situación? ¿Cura o hiere? ¿Libera o ata? ¿Acerca a la Luz o añade oscuridad?».

🕯️ El pecado como ruptura de la comunión

Desde una mirada gnóstica, el mal no es ante todo una lista de infracciones que alguien debe controlar. Es separación. Es olvido de nuestro origen. Es vivir como si la chispa divina no habitara en nosotros ni en el otro. Es quedar aprisionados en la reacción, en el miedo, en el orgullo, en la voluntad de dominar, en la necesidad de tener razón.

Por eso una ofensa contra un hermano no es solo un problema de conducta. Es una herida en la comunión. Una fractura en la casa común. Algo que amenaza con hacer de dos seres llamados a reconocerse dos enemigos encerrados cada uno en su propia oscuridad.

Pero Jesús no nos pide que neguemos esa fractura. La verdad ha de ser dicha. Lo que se ha roto ha de ser mirado. Una espiritualidad que fingiera que no existe el daño sería una espiritualidad sin encarnación, incapaz de amar de verdad.

La Gnósis no es escapar de las relaciones humanas hacia una pureza imaginaria. Es aprender a reconocer, precisamente dentro de ellas, la Luz que no ha dejado de llamar. Es saber que la persona que nos ha herido no es idéntica a su herida; y que nosotros tampoco somos idénticos a nuestra reacción.

🌿 Dos o tres no forman un tribunal

Jesús añade: si el diálogo primero no basta, «llama a otro o a otros dos». También aquí sería fácil entender mal el Evangelio. No se trata de reunir testigos para acusar. No se trata de ganar una causa. No se trata de convertir una herida personal en un juicio público.

Los dos o tres son llamados para que la verdad no quede aprisionada en el enfrentamiento de dos egos. Son presencia de escucha. Son una comunidad pequeña que puede impedir que la voz de uno aplaste a la del otro. Son hermanos que ayudan a que la palabra vuelva a ser palabra y no arma.

Y cuando Jesús dice: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», no está prometiendo únicamente su presencia en una reunión religiosa. Está revelando algo mucho más hondo: Cristo se hace presente cuando la relación deja de organizarse alrededor del orgullo, el miedo o la victoria de uno sobre otro, y se abre a su Nombre.

Reunirse en el Nombre de Cristo es reunirse en la verdad que no humilla, en la compasión que no encubre, en la firmeza que no destruye. Allí está Él: no en el triunfo de una parte, sino en el espacio nuevo que se abre cuando dos personas dejan de tratarse como enemigas.

🕊️ Atar y desatar

«Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos».

Hay palabras que atan: la acusación repetida, el rencor conservado como un tesoro, la etiqueta que ya no permite al otro cambiar, la memoria usada para condenar. Hay también gestos que desatan: escuchar, nombrar el daño sin odio, pedir perdón, dejar de alimentarse de la culpa del otro, volver a reconocer su dignidad.

La comunidad puede atar cuando reproduce la división, cuando convierte la herida en identidad y cuando expulsa para sentirse pura. Pero puede desatar cuando crea un lugar donde la verdad se vuelve posible, donde nadie necesita fingir y donde el retorno no es una humillación, sino una restauración.

Incluso la última expresión de Mateo —«considéralo como un pagano o un publicano»— no puede leerse como permiso para el desprecio. ¿Cómo trataba Jesús a paganos y publicanos? No como seres indignos de la Luz, sino como aquellos a quienes buscaba, escuchaba y sentaba a su mesa. La ruptura debe ser reconocida; no se debe fingir una comunión que no existe. Pero nadie queda fuera del alcance de la llamada.

🌌 La montaña que se mueve

Por eso el Logión 48 del Evangelio según Tomás acompaña este domingo con una precisión extraordinaria:

«Si dos hacen la paz entre sí en una misma casa, dirán a la montaña: “¡Muévete!”, y se moverá».

La montaña es todo aquello que parece ya imposible de transformar: una palabra que no se olvida, una familia dividida, una amistad quebrada, una injusticia que ha dejado marca, una culpa que no sabemos confesar, un orgullo que preferimos defender antes que perder.

Y la casa es, a la vez, el lugar visible donde vivimos y la morada interior donde se enfrentan nuestras voces. Hay una parte de nosotros que desea la paz y otra que se aferra a la herida; una parte que anhela la verdad y otra que teme perder la imagen que tiene de sí misma. Muchas veces queremos reconciliarnos con los demás, pero todavía no hemos permitido que la Luz reconcilie dentro de nosotros aquello que está dividido.

Tomás no dice que dos que coinciden en todo moverán la montaña. Dice que dos que hacen la paz la moverán. La paz no es uniformidad. No borra la diferencia, no silencia el dolor, no obliga a nadie a renunciar a su verdad. La paz es que la diferencia ya no sea una fuerza de separación; que el dolor ya no sea la única palabra; que el otro no quede fijado para siempre en el lugar de enemigo.

Cuando dos hacen la paz, algo del Reino se hace visible. Algo de la unidad primera, de la plenitud a la que pertenecemos, comienza a transparentarse en medio de este mundo fragmentado. La montaña se mueve porque la división ya no gobierna por completo.

✨ Desde el amor mutuo no puede existir ofensa

«A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo». Esta es la palabra que ilumina todo lo que hemos escuchado.

Desde el amor mutuo no puede existir ofensa. Si la hay, no ha fallado uno solo: han fallado los dos.

Esto no significa que ambos hayan hecho lo mismo, ni que toda herida tenga la misma gravedad para quien la causa y para quien la recibe. Significa algo más hondo: una ofensa solo llega a convertirse en separación cuando el amor deja de ser la medida de ambos. Uno puede haber herido; el otro puede responder convirtiendo esa herida en juicio, en rencor o en distancia definitiva. Y entonces la comunión queda rota.

Por eso Jesús no nos llama a descubrir quién es el culpable, sino a restaurar lo que se ha quebrado. Nos llama a decir la verdad sin humillar, a escuchar sin defendernos, a pedir perdón sin excusas y a no retener la falta del otro como un poder sobre él.

Quizá haya una herida que debamos nombrar sin convertirla en acusación. Quizá haya un perdón que no podemos fingir, pero que podemos empezar a pedir. Quizá haya una conversación que llevamos demasiado tiempo aplazando. Quizá la montaña no esté fuera, sino en nuestro propio corazón.

Pidamos al Cristo que esté en medio de nosotros. Que nos libre de la vigilancia que juzga y de la cobardía que calla. Que haga de nuestras casas un lugar donde dos puedan volver a hacer la paz.

Y entonces, incluso aquello que parecía inmóvil comenzará a moverse.

Plegarias

Oraciones de la celebración

🕯️ Oración Colecta

Padre de misericordia, que en tu Hijo Jesucristo nos enseñas que su presencia habita donde dos o tres se reúnen en su Nombre, libra nuestros corazones del juicio que separa y de la dureza que no sabe perdonar. Concédenos, guiados por la luz de la Espíritu Santo, decir la verdad con humildad, recibir el perdón y hacer de nuestras casas un lugar de paz.

Por Él, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

🌿 Oración sobre las Ofrendas

Recibe, Señor, estas ofrendas y une en tu Luz cuanto está dividido en nosotros. Que, al presentar ante Ti el pan y el vino, dejemos también todo rencor, todo juicio y toda distancia; y haz de nuestra vida una ofrenda de amor mutuo y de reconciliación.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

✨ Oración después de la Comunión

Te damos gracias, Señor, por el Pan de Vida que hemos recibido. Que la comunión con el Cristo desate en nosotros cuanto nos retiene en la herida, cure nuestra memoria y nos conceda vivir como hermanos reunidos en su Nombre.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

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