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Ciclo A · Tiempo ordinario

XXX Domingo del Tiempo Ordinario

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Lecturas

Lo llaman Maestro

1 Tesalonicenses 1, 5c-10 · Mateo 22, 34-40 · Tomás 28

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses · 1, 5c-10

Versión: Leccionario Dominical T. O. Ciclo A · archivo local «Para Misa»

Hermanos:

Ya saben cómo procedimos cuando estuvimos allí al servicio de ustedes. Y ustedes, a su vez, imitaron nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la Palabra en medio de muchas dificultades, con la alegría que da el Espíritu Santo. Así llegaron a ser un modelo para todos los creyentes de Macedonia y Acaya.

En efecto, de allí partió la Palabra del Señor, que no sólo resonó en Macedonia y Acaya: en todas partes se ha difundido la fe que ustedes tienen en Dios, de manera que no es necesario hablar de esto. Ellos mismos cuentan cómo ustedes me han recibido y cómo se convirtieron a Dios, abandonando los ídolos para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar a su Hijo, que vendrá desde el cielo: Jesús, a quien Él resucitó y que nos libra de la ira venidera.

Lectura del Evangelio según san Mateo · 22, 34-40

Versión: Leccionario Dominical T. O. Ciclo A · archivo local «Para Misa»

Cuando los fariseos se enteraron de que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron con Él, y uno de ellos, que era doctor de la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»

Jesús le respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas».

Lectura del Evangelio según santo Tomás · Logión 28

Fuente: Todos los evangelios canónicos y apócrifos · EDAF, 2009

Jesús dijo: «Yo comparecí en medio del mundo y me manifesté a ellos en carne. Los encontré a todos ebrios. No encontré a ninguno sediento. Y mi alma sintió dolor por los hijos de los hombres, porque son ciegos de corazón y no ven claramente. Porque vinieron vacíos al mundo, y buscan de nuevo salir vacíos del mundo. Pero ahora están ebrios. Cuando arrojen su vino, entonces se convertirán».

Jesús y un doctor de la Ley con un rollo cerrado conversan ante un arco luminoso de piedra

Comentario

✨ XXX Domingo del Tiempo Ordinario

📜 La pregunta que continúa

Seguimos ante quienes ponen a prueba a Jesús. En el domingo anterior, la pregunta sobre el tributo estaba precedida por unas palabras de reconocimiento: lo llamaban Maestro y afirmaban que enseñaba el camino de Dios conforme a la verdad. Aquellas palabras preparaban una trampa.

Hoy vuelve a escucharse el mismo nombre: «Maestro».

Un doctor de la Ley se acerca y le pregunta cuál es el mandamiento más grande. Mateo señala su intención: quiere ponerlo a prueba. Habla de Dios, pregunta por su Ley y se dirige a Jesús con una palabra de respeto. Pero su disposición interior contradice lo que sus labios parecen reconocer.

Conoce las Escrituras. Ha dedicado su inteligencia a estudiarlas y puede explicar sus preceptos. Sin embargo, ante aquel que podría abrirle su sentido más profundo, se coloca en el lugar de quien examina.

La Palabra viva está delante de quien conoce las palabras escritas.

Ese encuentro descubre una distancia que también puede atravesar nuestra vida espiritual. Podemos aprender lo que se dice de Dios y continuar sin reconocerlo. Podemos conservar sus nombres, sus símbolos y sus enseñanzas mientras nuestro corazón permanece cerrado a su presencia.

El doctor pregunta por el primero de los mandamientos. Jesús va a responderle de una manera que pone al descubierto desde dónde está preguntando.

🎭 Un Maestro al que se quiere examinar

Llamar Maestro a alguien supone admitir que tiene algo que enseñarnos. Supone consentir que una palabra suya pueda alcanzar lo que todavía ignoramos y transformar aquello que creemos comprender.

Pero este hombre llama Maestro a Jesús mientras pretende someterlo a su propio criterio. La respuesta será examinada desde un saber que él considera suficiente. Se reserva la posición de quien puede aprobar, rechazar o encontrar una falta.

Hay una contradicción en ese gesto. Reconoce una autoridad con la palabra y se coloca por encima de ella mediante su intención.

Así actúa la hipocresía: abre una separación entre lo que mostramos y aquello que realmente nos mueve. Podemos pronunciar palabras verdaderas y emplearlas para encubrir una voluntad que se resiste a la verdad.

Por eso esta escena exige algo más que identificar la mala intención de un interlocutor antiguo. También nosotros podemos dirigirnos al Cristo desde una posición semejante. Podemos escucharlo esperando que confirme nuestras convicciones y sometiendo a examen todo aquello que amenaza con deshacerlas.

Entonces, incluso nuestra búsqueda espiritual puede quedar gobernada por una exigencia oculta: que la verdad venga hasta nosotros sin modificar el lugar desde el que la juzgamos.

Decimos «Maestro», pero todavía queremos conservar la última palabra.

🪞 El mandamiento ante quien pregunta

Jesús responde: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Y añade el segundo mandamiento: amarás a tu prójimo como a ti mismo.

El doctor puede reconocer esas palabras. Pertenecen a las Escrituras que estudia y enseña. Pero, al escucharlas de Jesús, se encuentra ante algo que compromete su propia conducta.

El prójimo al que se refiere el mandamiento está delante de él.

Es ese hombre al que llama Maestro y al que está intentando poner a prueba. Antes de cualquier explicación sobre el alcance del precepto, su intención ya ha establecido una relación concreta con Jesús: quiere examinarlo, comprometerlo, encontrar en su respuesta algo que pueda volverse contra él.

Jesús le devuelve el mandamiento para que pueda verse dentro de él. Pregunta qué debe hacerse y queda expuesto aquello que está haciendo. Pretende discutir sobre el prójimo mientras falta al mandamiento en su manera de tratar al que tiene delante.

La respuesta descubre también una dificultad más profunda. ¿Cómo amar a Dios con todo nuestro ser si todavía no lo conocemos? ¿A quién dirigimos entonces nuestra entrega? ¿Qué estamos reconociendo cuando pronunciamos su nombre?

Podemos haber construido una representación de Dios a la medida de nuestras necesidades. Podemos atribuirle nuestras preferencias, nuestros temores y nuestros juicios, hasta terminar venerando como divino aquello que nosotros mismos hemos proyectado.

Por eso el conocimiento de Dios ocupa el primer lugar. Toda nuestra vida espiritual depende de esa raíz. La Gnosis comienza a esclarecer la diferencia entre lo que imaginamos acerca de Dios y aquello que su presencia nos permite conocer.

El doctor pretende juzgar a Jesús desde su conocimiento de Dios. Pero su manera de acercarse revela que todavía no ha penetrado en lo que afirma conocer.

Pregunta por el mandamiento mayor y la respuesta pone al descubierto ambas fracturas: no está amando al prójimo que tiene delante y permanece ajeno al Dios al que pretende amar sobre todas las cosas.

👁️ Ciegos de corazón

El Evangelio de Tomás nombra esa oscuridad con unas palabras decisivas:

«Son ciegos de corazón y no ven claramente».

Ven a un hombre. Escuchan su voz. Reconocen sus palabras y pueden discutir su contenido. Sin embargo, no perciben la realidad que se manifiesta ante ellos.

Un doctor de la Ley debería estar familiarizado con las palabras de Isaías sobre Emmanuel: «Dios con nosotros». Pero conocer el anuncio no significa haber penetrado en su sentido. Puede repetirlo y seguir sin reconocer la presencia divina en el corazón de los hombres.

Desde nuestra contemplación gnóstica, Emmanuel nos descubre a Dios con cada uno de nosotros: esa presencia divina de la que todos participamos y que nos reúne en el cuerpo del Cristo.

El epistolario paulino expresa la unidad mediante la imagen del cuerpo. Cristo es la Cabeza, y nosotros somos sus miembros. Los miembros son diversos, pero una misma vida los sostiene y los vincula. Cada uno recibe su sentido dentro de esa unidad.

Desde ahí se abre una comprensión más profunda del prójimo. Su vida participa de una raíz que también nos sostiene. Su dignidad precede al juicio que podamos formular sobre él. Hay en su interior un misterio que nuestra mirada exterior no alcanza a abarcar.

La ceguera del corazón consiste en permanecer ajenos a esa realidad. El Reino está entre los hombres y seguimos mirando como si cada uno existiera encerrado en sí mismo. Hablamos de Dios y pasamos junto a su presencia sin reconocerla.

Por eso la escena es tan grave. El doctor habla del mandamiento mientras dispone su relación con Jesús desde la voluntad de ponerlo a prueba. Su conocimiento de las palabras no le ha abierto todavía los ojos.

Puede explicar lo que debe hacerse y continuar ciego ante aquel con quien debe realizarlo.

✨ Conocer antes de juzgar

Cuando Dios empieza a ser conocido en el corazón, nuestra relación con el otro cambia desde su fundamento.

Mientras vivimos desde la separación, nos situamos ante los demás como si poseyéramos un lugar propio desde el que medirlos. Los observamos, los clasificamos y dictamos una sentencia según lo que confirman o amenazan de nosotros.

Incluso podemos utilizar nuestras ideas sobre Dios para sostener esa posición. Creemos defender su verdad mientras defendemos la imagen que hemos construido de ella.

Pero reconocer una misma raíz divina deshace esa pretensión. El otro deja de ser alguien enteramente ajeno, situado frente a nosotros. Su vida y la nuestra quedan comprendidas dentro de un misterio común.

Pablo pregunta cómo podría un miembro del cuerpo decirle a otro que no lo necesita. La imagen nos conduce hacia una conciencia de pertenencia: cada miembro está unido a una vida que lo desborda. Lo que acontece en uno concierne también a los demás.

Desde esa unidad, el juicio pierde el lugar desde el que se levantaba. ¿Quién se erige sobre quién? ¿Qué parte del cuerpo puede proclamarse dueña de la vida que todos reciben?

Conocer a Dios alcanza, por tanto, nuestra manera de mirar. Cuando reconocemos su presencia en el corazón humano, ya no podemos reducir al prójimo a la medida de nuestra opinión sobre él. Su verdad pertenece a una profundidad que no poseemos.

El mandamiento comienza entonces a revelarse desde dentro. Amar al prójimo como a uno mismo encuentra su raíz en el reconocimiento de esa vida compartida.

El doctor de la Ley conoce la formulación. Jesús lo sitúa ante la realidad que tendría que haber transformado su conducta. Su pregunta sobre Dios vuelve hacia él y descubre el lugar separado desde el que está interrogando.

🍷 El vino que ocupa el corazón

Tomás presenta esa incapacidad para reconocer mediante otra imagen:

«Los encontré a todos ebrios. No encontré a ninguno sediento».

Aquellos hombres están llenos. Algo ocupa su conciencia y les proporciona una sensación de suficiencia. Pueden preguntar, discutir y hablar largamente sobre lo sagrado, pero no tienen sed.

En esa embriaguez podemos contemplar el efecto de nuestras certezas cuando se vuelven impermeables a la revelación. Sabemos quiénes somos, creemos saber quién es Dios y hemos establecido cómo debe ser reconocida su presencia. Todo parece tener ya su lugar.

Entonces el Cristo se acerca y encuentra un corazón ocupado.

Esta imagen puede ponerse junto a la enseñanza evangélica sobre el vino nuevo y los odres viejos. Jesús advierte que los odres viejos se rompen cuando reciben el vino nuevo, y concluye: «el vino nuevo en odres nuevos, y ambos se conservan».

La vida que trae el Cristo requiere una disposición capaz de recibirla. Su novedad alcanza también la forma de nuestra conciencia, nuestras maneras de comprender y las seguridades con las que intentamos contenerla.

Podemos querer incorporar la revelación a lo que ya poseemos, conservando intacta la estructura desde la que vivimos. Añadimos palabras, lecturas y símbolos, pero seguimos mirando desde el mismo lugar. El conocimiento crece en nuestra memoria mientras el corazón permanece encerrado.

El odre viejo representa aquí esa forma interior que pretende recibirlo todo sin dejarse renovar.

Y el vino que Tomás invita a arrojar puede contemplarse como aquello que nos mantiene embriagados de nosotros mismos. Son imágenes distintas que nos conducen hacia una misma exigencia: reconocer qué ocupa nuestro interior y permitir que sea transformada nuestra capacidad de recibir.

Para tener sed es necesario descubrir que nuestra aparente plenitud no nos ha dado todavía la vida.

El hombre ha de poder recibir de nuevo.

🕊️ La Palabra que encuentra entrada

Pablo nos muestra una comunidad en la que esa recepción ha comenzado.

Los tesalonicenses acogieron la Palabra en medio de muchas dificultades, con la alegría que da la Espíritu Santo. Su vida estaba atravesada por la tribulación. Sin embargo, la Palabra encontró entrada y comenzó a obrar en ellos.

Aquello que recibieron se hizo visible y pudo resonar más allá de su propia comunidad.

Aquí podemos contemplar la diferencia entre una enseñanza retenida como posesión y una Palabra que transforma a quien la escucha. La primera puede servir para defender una posición. La segunda alcanza el centro desde el que el hombre vive y modifica su relación con todo lo demás.

El doctor de la Ley presenta una pregunta para poner a prueba a Jesús. Los tesalonicenses permiten que la Palabra entre en su existencia. En unos y otros aparece la cuestión de nuestra disposición ante aquello que viene del Cristo.

¿Podemos recibirlo? ¿Hay todavía sed en nosotros? ¿Puede su presencia descubrir algo que no habíamos reconocido?

Tomás habla del dolor de Jesús ante los ciegos de corazón. Ese dolor nos impide contemplar la escena desde la superioridad. La ceguera de aquellos hombres descubre una posibilidad que también habita en nosotros: tener cerca lo sagrado, aprender a nombrarlo y continuar sin verlo.

Por eso el logión termina abriendo un camino: «Cuando arrojen su vino, entonces se convertirán».

Podemos despertar de esa embriaguez. Podemos dejar de utilizar lo que sabemos para protegernos de lo que todavía necesitamos conocer. Podemos permitir que el corazón sea renovado y que la presencia del Reino empiece a ser reconocida entre los hombres.

Entonces Emmanuel deja de ser solamente una palabra aprendida. Su sentido comienza a esclarecer nuestra existencia: Dios con nosotros, en la intimidad de cada uno, reuniéndonos en una vida de la que somos miembros.

Desde ese reconocimiento, el prójimo se revela de otra manera. Y la pregunta del doctor vuelve hacia nosotros: ¿qué conocemos realmente de Dios si todavía somos incapaces de reconocer su presencia en aquel que tenemos delante?

Plegarias

Oraciones de la celebración

🕊️ Oración colecta

Padre Viviente,

abre los ojos de nuestro corazón

y despierta en nosotros la sed de conocerte,

para que reconozcamos tu presencia en cada hermano

y vivamos unidos en el cuerpo de tu Hijo.

Por Él, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

✨ Oración sobre las ofrendas

Padre de la Luz,

recibe estos dones que compartimos con gratitud

y renueva nuestro corazón,

para que acojamos tu Palabra con sencillez

y reconozcamos tu presencia entre nosotros.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

🌿 Oración después de la comunión

Padre santo,

que nos has alimentado con la vida del Cristo,

haznos reconocer en cada hermano

la presencia divina que nos reúne,

para que, siendo muchos, vivamos como un solo cuerpo.

Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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