Lecturas
La parábola del sembrador
Romanos 8, 18-23 · Mateo 13, 1-23 · Tomás 20Lectura de la Carta de San Pablo a los Romanos (Romanos 8,18-23)
Hermanos: Considero que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que un día se manifestará en nosotros. Porque la creación espera con impaciencia la manifestación de los hijos de Dios. Ella fue sometida a la frustración, no por su propia voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que también la creación misma será liberada de la esclavitud de la corrupción para participar de la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Sabemos que hasta ahora toda la creación gime y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior mientras aguardamos la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.
Lectura del Evangelio según san Mateo (Mateo 13,1-23)
Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Se reunió tanta gente en torno a él que tuvo que subir a una barca y sentarse, mientras la multitud permanecía en la orilla. Entonces les habló de muchas cosas por medio de parábolas:
«Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino; vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde había poca tierra; brotaron enseguida, pero, al salir el sol, se abrasaron y, como no tenían raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinos; crecieron los espinos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas, ciento; otras, sesenta; otras, treinta. El que tenga oídos, que oiga.»
Los discípulos le preguntaron por qué les hablaba en parábolas. Jesús respondió:
«Porque a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Por mucho que oigáis, no entenderéis; por mucho que miréis, no veréis”. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido.
Vosotros, en cambio, dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron.
Escuchad, pues, la parábola del sembrador: cuando uno oye la palabra del Reino y no la entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón; éste es el sembrado junto al camino. El sembrado en terreno pedregoso es el que escucha la palabra y la recibe con alegría, pero no tiene raíz y es inconstante; cuando llega la tribulación o la persecución por causa de la palabra, sucumbe enseguida. El sembrado entre espinos es el que escucha la palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda estéril. Y el sembrado en tierra buena es el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento, sesenta o treinta por uno.»
Lectura del Evangelio según San Tomás · Logión 20
Dijeron los discípulos: «¿A qué se parece el Reino?»
Jesús dijo: «Se parece a un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas. Pero cuando cae en tierra preparada produce una gran planta y llega a ser refugio para las aves del cielo.»

Comentario
✨ XV Domingo del Tiempo Ordinario
🌾 La parábola del sembrador
La parábola que acabamos de escuchar pertenece, sin duda, a las más conocidas de todo el Evangelio. Precisamente por eso existe el peligro de que dejemos de escucharla. Apenas oímos las primeras palabras —«Salió el sembrador a sembrar»— y nuestra memoria completa automáticamente el resto del relato. Creemos conocer perfectamente su significado y, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos qué quiso decir realmente Jesús.
Lo primero que llama la atención es el modo de sembrar. Cualquier agricultor procuraría aprovechar la semilla y escoger cuidadosamente el terreno. Sin embargo, el sembrador del Evangelio no hace nada de eso. Siembra con una generosidad que, humanamente hablando, parece excesiva. La semilla cae sobre el camino, sobre el terreno pedregoso, entre espinos y sobre la tierra buena. No parece importarle que una parte importante de ella vaya a perderse.
Quizá el primer mensaje de la parábola sea precisamente éste: Dios nunca actúa con la mezquindad con que solemos actuar nosotros. Su Palabra, su Gracia y su Amor no están reservados a unos pocos elegidos. Dios siembra sobre todos. No calcula quién lo merece y quién no. Es el hombre quien, libremente, acoge o rechaza aquello que continuamente recibe.
Ahora bien, cuando Jesús explica la parábola, solemos interpretar que existen cuatro clases de personas: unas son como el camino, otras como las piedras, otras como los espinos y otras, finalmente, como la buena tierra. Pero esta interpretación plantea una dificultad evidente. Si fuera así, unos habrían nacido para dar fruto y otros no. Sin embargo, esa no parece ser la intención de Jesús.
Si somos sinceros, descubriremos que todos nosotros hemos sido, en distintos momentos de nuestra vida, cada uno de esos terrenos. Ha habido épocas en las que nuestro corazón se encontraba tan endurecido que la Palabra apenas podía penetrar en él. Otras veces la hemos recibido con entusiasmo, pero ese entusiasmo duró muy poco porque no llegó a echar raíces. También hemos experimentado cómo las preocupaciones, los afanes cotidianos o el deseo de poseer terminaban ocupando todo el espacio interior hasta ahogar aquello que había comenzado a crecer. Y, gracias a Dios, todos hemos conocido también momentos de verdadera fecundidad, en los que una misma Palabra producía frutos que ni siquiera imaginábamos.
La parábola no clasifica a las personas. Describe el camino espiritual por el que todos, una y otra vez, vamos pasando.
🌱 El Reino como una semilla
El Evangelio de Tomás nos ofrece hoy una imagen que completa admirablemente la enseñanza de Mateo. Mientras éste nos hace fijarnos sobre todo en la tierra, Tomás dirige nuestra mirada hacia la semilla.
«El Reino del Padre se parece a un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas. Pero cuando cae en tierra preparada produce una gran planta.»
Es una imagen extraordinariamente rica. Una semilla parece insignificante. Si la sostenemos entre los dedos apenas tiene valor. Nadie diría que ahí se encuentra escondido un árbol. Sin embargo, todo el árbol está ya presente en ella. No se ve, pero está. Sus ramas, sus hojas y sus frutos existen todavía de una manera invisible, esperando únicamente las condiciones adecuadas para manifestarse.
Tal vez aquí encontremos una de las grandes diferencias entre una lectura puramente moral del Evangelio y una lectura verdaderamente espiritual. Con frecuencia pensamos que el Reino de Dios es algo que debemos construir nosotros, como si dependiera exclusivamente de nuestro esfuerzo. Pero Jesús habla continuamente de semillas, de crecimiento, de vida, de fermento… Es decir, de realidades que poseen en sí mismas un dinamismo propio.
La semilla no necesita que alguien le enseñe a convertirse en árbol.
Ya sabe ser árbol.
Lo único que necesita es una tierra donde pueda desarrollarse.
🌍 La creación entera espera
En este punto resulta especialmente iluminadora la lectura de San Pablo dónde afirma que «toda la creación gime con dolores de parto esperando la manifestación de los hijos de Dios».
Hay una palabra que merece toda nuestra atención: manifestación.
El Apóstol no dice que Dios vaya a crear unos hijos nuevos. Dice que toda la creación espera que esos hijos se manifiesten.
Es la misma imagen de la semilla.
Cuando un árbol brota, no aparece algo que antes no existía. Lo que ocurre es que aquello que permanecía oculto comienza a hacerse visible.
También nuestra vida espiritual debe entenderse así.
No caminamos hacia algo completamente extraño a nosotros mismos. Caminamos hacia la manifestación de aquello que Dios sembró desde el principio.
Por eso san Pablo compara este proceso con un parto. La madre no crea la vida en el momento del nacimiento. La vida ya estaba presente. El nacimiento hace visible aquello que permanecía oculto.
🌿 Preparar la tierra
Todo esto nos ayuda a comprender mejor cuál es nuestra verdadera tarea.
Con frecuencia pensamos que debemos producir frutos espirituales por la fuerza de nuestra voluntad. Nos esforzamos por ser mejores, por acumular méritos, por alcanzar una perfección que casi siempre acaba dependiendo únicamente de nuestras propias fuerzas. Sin embargo, la parábola del sembrador parece decir otra cosa.
La tierra no fabrica la semilla.
La tierra tampoco produce la vida.
La vida pertenece a la semilla.
Lo único que hace la tierra es permitir que esa vida se manifieste.
Quizá el trabajo espiritual consista precisamente en eso.
No en fabricar el Reino, sino en preparar el terreno.
Retirar las piedras que endurecen nuestro corazón, reconocer los espinos que ahogan silenciosamente nuestra vida interior y dejar que la Palabra encuentre un espacio donde pueda echar raíces.
Es un trabajo humilde, pero indispensable.
Porque Dios nunca deja de sembrar.
✨ La Santa Gnosis
La tradición gnóstica siempre ha contemplado estas imágenes con una profundidad particular. Cuando hablamos de la Santa Gnosis no nos referimos a un conocimiento que se añade desde fuera, como quien incorpora una información nueva a su memoria. Hablamos de un despertar.
La semilla constituye quizá la mejor imagen de ese despertar. Todo cuanto está llamado a ser el árbol se encuentra ya presente desde el principio. Del mismo modo, la imagen divina sembrada por Dios en el hombre no necesita ser creada de nuevo. Necesita ser reconocida, alimentada y llevada a su plenitud.
Por eso la verdadera vida espiritual no consiste tanto en adquirir algo que todavía no poseemos cuanto en permitir que se manifieste aquello que Dios ha depositado ya en lo más profundo de nuestro ser.
Tal vez por eso Jesús escoge una semilla para hablar del Reino. Porque una semilla nunca llama la atención sobre sí misma. Toda su existencia apunta hacia aquello que todavía no vemos. Y, sin embargo, quien sabe esperar descubre que dentro de esa aparente pequeñez se encuentra escondida toda la fuerza de la vida.
Quizá también nosotros estemos llamados a mirar de otro modo nuestra propia existencia. Allí donde sólo vemos pequeñas semillas, Dios contempla ya el árbol. Allí donde nosotros sólo descubrimos un corazón lleno de limitaciones, Él sigue sembrando pacientemente, esperando el momento en que esa Vida escondida pueda manifestarse en toda su plenitud.
Plegarias
Oraciones de la celebración
Oración Colecta
Dios y Padre nuestro, que siembras sin cesar la semilla de tu Reino en el corazón de los hombres, concédenos acoger tu Palabra con un corazón dócil y perseverante, para que dé en nosotros frutos abundantes de vida.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad de la Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, las ofrendas que te presentamos, y haz que, alimentados por estos santos misterios, preparemos cada día mejor la tierra de nuestro corazón para que tu Gracia produzca en nosotros el fruto que esperas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración después de la comunión
Te damos gracias, Señor, por el don recibido, y te pedimos que este santo sacramento fortalezca en nosotros la vida del Espíritu, para que la semilla de tu Reino crezca continuamente y nos conduzca al conocimiento vivo de tu Verdad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

